La fuente de la que nacieron las estrellas

Fecha: jueves, mayo 12, 2022 Comentarios: 0 Visto: 586

Afinar el oído en el silencio de nuestra celda nos lo enseña todo, porque el milagro de la vida se está produciendo en nosotros a cada instante, y solo nosotros podemos paladear el sabor de ese misterio, el misterio del Universo estrellado que es mi propia naturaleza, el misterio de mi consciencia, el misterio del Ser que se expresa en mí. Hontanar y hondura se hacen manifestación y presencia cotidiana cuando dejamos que la experiencia de lo eterno empape nuestra vida.

 

—Manuel López Casquete

Habitaron y habitan el planeta personas que se adelantaron muchos años –quizá décadas, o incluso siglos– al modo de sentir de su tiempo; nacieron a deshora, Precursores de una Verdad de la que son adelantados. Precursores que a su vez tuvieron sus propios precursores que pagaron con el ostracismo, cuando no con la vida, la fechoría de ver claro, o el delito de adelantarse a ver de lejos. De ahí sus originales enseñanzas, aun siendo inocentemente claras y diáfanas, sean hasta hoy percibidas como enigmáticas, ya que la revelación de la Verdad, lejos de sobrevenirles desde creencias o escrituras establecidas como dogmas, afloraron y afloran del fondo abismal de sus adentros. Y esto provoca miedo. Más aún en una civilización –lo estamos ahora viendo– donde el miedo cotiza al alza.

Desde ese escenario escribe este hermosísimo libro Manuel López Casquete. Manuel es uno de los maestros que más ha alcanzado mi alma. Desde su silencioso decir, desde el Prefacio hasta el Epílogo, sin apenas meter ruido, en sus páginas va brotando el latir de una Presencia que, palabra a palabra, hace reaparecer al Dios que parecía oculto. Pero Manuel desvela lo escondido y nos hace mojarnos en La fuente de la que nacieron las estrellas. Y lo hace hasta empaparnos el alma.

Te emplazo, querido lector, a que tú mismo lo constates: una constatación que juzgo necesaria, toda vez que desde no hace mucho los occidentales examinamos nuestro porvenir sin contar ni con Dios ni con cualquier expresión de lo divino, y ello hasta el punto de que, incluso a la hora de intentar comprender aquellas épocas en que nos habitaban las divinidades, no lo hacemos sin forzarnos o hacernos violencia. En el Occidente neoliberal, el sol de Dios parece haber entrado en pleno eclipse; un eclipse que ha arrinconado la Fuente de la Vida en el desván de la conciencia colectiva.

Sin embargo, en medio de la gran muralla de la noche, sin cesar brotan grietas que destilan la luz del Gran Silencio, y este libro es una de ellas, desde la que se oye a su autor clamar:

Lleva la mirada a tu interior, querido lector. Llévala a lo profundo del corazón, cuando todo calla en la noche de tu vida.

Efectivamente, el corazón del Silencio trans-parece constantemente en las conferencias, charlas y foros universitarios, plataformas donde el amoroso afán narrativo de Dios deviene Epifanía, manifestación en cada una de estas bellas páginas donde Manuel López Casquete copiosamente nos invita a abrir los sentidos ante el sonoro latir del Ser del Silencio. Bien saben los místicos que guardar silencio no equivale a dejarse silenciar:

Callar no es dejar de decir,

es dejar decir:

dejarse llamar a la escucha.

En el callar se abre la escucha,

en lo abierto escuchamos lo que nos llamó a callar.

—Hugo Mújica

Prosigo: estamos aquí hablando de un libro singular, ya que no es un libro para leer sino para saborear con lentitud y degustarlo largo tiempo reteniéndolo en el paladar del alma, al modo como se paladea un vino noble cosechado a la medida de quien lo pide, y elaborado para ser catado a sorbo corto y lenta retención. La fuente de la que nacieron las estrellas es un libro, por tanto, más apropiado para posarse y reposarse sobre una mesilla de noche que para vegetar eternas noches sobre el mullido polvo de una biblioteca. Un libro que se deja sentir más que leer. Un libro que nos hace libres.

Más aún, parte el libro de un núcleo de experimentada certeza, como el pilar de este trabajo: que la experiencia del Ser de Dios puede vivirse en cada instante.

En nuestro corazón hay un eco de la primera explosión, de las estrellas, del sol, de los planetas. En nuestro corazón se asoma la entraña de la Tierra, el despuntar de la vida, los millones de amaneceres y atardeceres en que la Tierra acunó la vida hasta llegar a este preciso momento en el que somos el puro decirse de Dios, el puro mostrarse de lo eterno en un recipiente de barro […].

Y todo el trabajo de Manuel, de principio a fin, redunda en la transparente confianza puesta en el Espíritu, que se derrama sobre toda carne, en la Fuente de Vida que, a través de las acequias del alma, lava, acaricia y da sentido y fuerza al corazón de la existencia:

Nuestro propio corazón, nuestro propio Universo interior es también el gran Universo, sostenidos ambos por el mismo aliento universal, el aliento de la Consciencia única. El mismo acto creador que dio luz a las estrellas es el acto que nos ha creado a nosotros.

La experiencia del Ser no está sujeta a dogmas o culturas ajenas, es un derecho de nacimiento, un patrimonio de toda la Humanidad no aferrado a círculos concretos, ni a zonas geográficas determinadas, ni a la asistencia o seguimiento de enseñanzas establecidas: El espíritu sopla donde quiere. Como heraldo del Silencio, Manuel nos propone que:

Para descubrirlo no hemos de viajar a ningún lugar remoto, ni pagar elevadas sumas, porque el silencio es la total simplicidad, el lugar donde aprender lo que nadie nos puede enseñar, el descubrimiento del amanecer en nuestro propio corazón.

Jesús no cobraba, tampoco Buda, que yo sepa.

Me ha llamado la atención la metáfora de la fuente que nutre las acequias, en la que nuestro autor se detiene y me ha hecho detenerme, subrayando el afán pedagógico de ofrecernos lo mejor de sí, además del sentido transformador que late en quien bebe de la Fuente, del Gran Silencio, el transparente y bellísimo decir de Manuel, tan buen Compañero de Camino:

Exponernos al murmullo de la fuente de Ser que nos mana en las honduras del alma es arriesgarnos a que todo lo que creíamos ser de desmorone como una estatua de sal, y una comprensión radicalmente nueva de lo que somos pueda aflorar. Cuando el murmullo de la fuente que mana en lo profundo nos va empapando, nos volvemos también nosotros pura transparencia en nuestra manifestación concreta, en nuestro modo de existir. Nuestra vida fluye entonces con un brillo del Ser, y se transforma en manifestación de Amor.

Pero además, con el descubrimiento del brotar del Ser en nuestra hondura aprendemos a mirar toda la realidad como lo que ella es.

Finalizo insistiendo, lector, en que el gran libro que tienes en tus manos no solo está escrito para adquirir conocimientos, sino para beberlos y vivirlos a sorbos cortos; un manantial para parar y detenerse, para respirar sus contenidos pausando a veces su lectura en un continuo abrir y cerrar o subrayar. Un excelente libro, sí, para saborear el Uno que en todo y todos posee un Único sabor. Así es; por lo menos así yo lo veo. Y así espero que lo veas y lo leas. Dejemos ya a Manuel López Casquete la palabra.

—Rafael Redondo Barba Bilbao, invierno de 2021




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