¿Cómo se fragua la fibromialgia?

Fecha: martes, octubre 10, 2017 Comentarios: 0 Visto: 784

A principios de los años noventa, Yerkes y Dodson, psicólogos de la Universidad de Harvard, descubrieron que un poco de estrés estimula el rendimiento pero que un exceso de estrés puede ser paralizador. Un estrés sostenido y mantenido a lo largo del tiempo puede quebrantar los mecanismos de defensa del organismo.

El cuerpo y la mente están interconectados y las experiencias mal vividas y los traumatismos pueden tener consecuencias sobre el cuerpo. El sufrimiento emocional debe considerarse como uno de los factores interactivos que conducen a la disfunción somática. Hay acontecimientos en la vida que uno no puede controlar y la suma de una serie de sucesos vitales de gran repercusión puede hacer que el individuo se desborde y pierda el control.

Cuando durante años te encuentras con la incomprensión de las personas que te rodean y con el escepticismo y la incredulidad de los facultativos, con un muro infranqueable, tú también decides negar e ignorar la enfermedad. Y eso es exactamente lo que yo hice durante muchos años, ignorar los síntomas, en un esfuerzo por parecer normal, empeorando aún más. Cada vez que el dolor y la fatiga me oprimían, me decía a mí misma que era una floja, que ya me habían repetido hasta la saciedad que no tenía nada, y aunque había dentro de mí una vocecilla que me repetía que algo no iba bien, no la escuchaba y hacía acopio de energías inexistentes y me exigía aún más, forzando la maquinaria en una espiral de vértigo, cronificando la enfermedad, ahora sí, con las conductas erróneas.

Te sientes atrapada y una y otra vez repites los mismos errores que en el pasado te condujeron a la enfermedad, al desencadenamiento de los síntomas y te mueves en un círculo del que no sales. Los médicos te desdeñan, tu entorno no te comprende, ni tan siquiera te cree por lo que estás pasando, mientras tú continúas haciendo un esfuerzo titánico para llevar a cabo las tareas más elementales. La fibromialgia es un proceso de amplificación del dolor, que con el tiempo se autoalimenta generando cada vez más dolor y sensibilización.

Había llegado al límite. Me había asomado al precipicio. Me tenía que haber detenido antes, pero no quise hacerlo, por muchas y diferentes razones. Tenía que haber escuchado las señales de alarma que emitían mi cuerpo y mi mente en lugar de ahogarlas. Mi cuerpo clamaba ayuda a través de los síntomas y mi mente también. Tenía un sueño recurrente en los últimos años:

Me veía escalando una alta, empinada y pedregosa montaña, con afiladas aristas de hielo. Yo permanecía, invariablemente, en lo alto, muy próxima a la cima, suspendida de un vértice, con una pesada mochila a mis espaldas.

En el sueño sentía el agotamiento y el dolor y sabía que no podría permanecer así por largo tiempo. Esta imagen aparecía primero en mis sueños y después era clara y nítida en mis pensamientos diurnos, sabía que estaba al borde del abismo y que estaba a punto de precipitarme por el precipicio. Además no podía eludir el mensaje del sueño, porque a los psicólogos nos enseñan a interpretar el significado de los sueños en la Facultad, y yo sabía perfectamente lo que estaba tratando de decirme. Así que no tenía excusa.

La enfermedad es fruto de cómo se ha vivido.
Llega un momento en que te rompes, primero por dentro y luego por fuera.

Una voz interior me repetía una y otra vez que tenía que descender de esa noria. Sentía vértigo. Necesitaba bajarme. Estaba convencida de que si no se detenía esa noria me iba a estrellar. Pero ignoraba mi voz interior y no lo hacía. Vivía en una espiral y me sentía atrapada en ella. Recuerdo las palabras de mi hermana cuando me dijo: “O paras, o la vida te parará”. Estas palabras me hicieron reflexionar mucho, pero aún no estaba preparada para detenerme.

Hay un momento en la vida en que hay que hacer un parón, hay que detenerse y tomar distancia, hay que romper con todo y empezar de cero, aislarte para recobrarte, recargar las pilas y reencontrarte a ti misma, porque llevas mucho tiempo perdida en un laberinto del que no logras salir, dejar atrás todo lo nocivo y comenzar de cero, comenzar una nueva vida.

Llegó un momento en mi vida en que ya no pude más y me aislé para recargar pilas. Quizás algunos no lo entendieron. Hay momentos que hay que anteponer las necesidades personales. Llega un momento en que no puedes dar más de sí. Hay que escuchar las señales del cuerpo y de la mente y hay que tener la libertad para tomar las decisiones que necesitamos tomar. El éxito exterior sin el éxito interior no sirve para nada.

Necesitaba parar, necesitaba un tiempo para dedicarme a mí misma. Me había ocupado de todo y de todos, menos de mí misma. Llega un momento en que las reservas se agotan y te quedas sin energía. El motor se quema. No podía seguir forzando la maquinaria, mi salud estaba quebrantada. Necesitaba cuidarme. Necesitaba reorganizar mi vida. Para ello tenía que desconectar de todo. Y por ello me aislé y comencé a mirar hacia mi interior y a dedicarme a mí misma. Me alejé de todo y de todos y comencé a vivir de otra manera. Al principio estaba muy descolocada, porque no es fácil pasar de una vida a velocidad de vértigo, a otra con un ritmo pausado. El cuerpo necesita adaptarse a este nuevo ritmo de vida, pero sobre todo la mente, que debe hacer un gran esfuerzo para adaptarse a la nueva situación. Tuve que aprender a calmar la mente porque mis pensamientos se sucedían a una gran velocidad, eran incesantes no solo de día, sino a lo largo de la noche, no conseguía desconectar y pasaba largas noches sin conciliar el sueño. Cuando junto al dolor y la fatiga se instaló el insomnio, los síntomas se exacerbaron y mi calidad de vida empeoró drásticamente. Era muy difícil acometer una larga jornada laboral tras una noche sin dormir, más cuando no se trataba de algo ocasional, sino de algo permanente, que afectaba al incremento de la fatiga y el dolor expandía sus tentáculos y llegaba a lugares remotos e inusitados como la raíz de los cabellos; las migrañas se volvieron insoportables y tenía dificultades para tomar decisiones, etc. Es cuando sientes que ya no puedes más y que la vida así no merece ser vivida. Es un proceso que conlleva un tiempo. Al principio cuesta reajustar los parámetros. Pero luego, todo es más fácil y es cuando comienzas verdaderamente a disfrutar de tu nueva vida.

Realmente necesitaba cambiar de vida. Es cuando comprendes que es más importante ser auténtica y genuina, que tener éxito. Un éxito que la mayoría de las veces viene medido en baremos de logro económico y material, en lugar de en valores profundos y humanos. Llega un momento en tu vida en que los fusibles se queman y el motor se detiene. Ya no puedes más, pero no te das cuenta o no te quieres dar, aunque las señales y los avisos de tu cuerpo estén ahí, pero continúas ignorándolos.

La fibromialgia es un fenómeno de saturación,
de sumación temporal.

Mientras caminaba por las mañanas hacia mi despacho, mi pensamiento se dirigía hacia el dolor, que me acompañaba cada mañana cuando salía de casa, el dolor en la nuca, a lo largo de la espalda, las lumbares, etc. y que se irradiaba por la pelvis, las caderas, los muslos, hasta llegar a las rodillas. Y cuando regresaba del trabajo a casa al atardecer, el dolor se había expandido en su recorrido, a lo largo de todo el cuerpo hasta los pies. Recuerdo que mis piernas no me respondían y volvía cojeando. Una cojera que yo trataba de disimular haciendo un gran esfuerzo, aunque seguía siendo evidente. Hasta que llegó un momento que ya no pude dar un paso más. Había días que cuando volvía a casa después del trabajo, el cansancio era tan intenso que me metía directamente a la cama sin cenar. No tenía fuerzas ni para preparar la cena. Tenía hambre pero la fatiga era aún mayor. He llegado a sentir fatiga extrema y he llorado por la intensidad de la fatiga, porque asusta verte tan reducida. Mi mente me decía que había alcanzado todo aquello que me había propuesto en la vida, pero de qué servía todo esto si no podía disfrutar de lo que tenía porque estaba siempre enferma. Cuando el dolor apretaba sus grilletes sobre mí, lo enmascaraba con antiinflamatorios y cuando la fatiga me dejaba sin aliento, tomaba cafés para seguir tirando del carro, porque no me permitía a mí misma, ni siquiera tomarme una baja. Me alimentaba mal (cuando lo hacía), vivía a base de cafés y dormía aún peor.
Cuando ignoras, una y otra vez, tus pensamientos y deseos más profundos, cuando no tienes en cuenta tus necesidades más elementales, el cuerpo comienza a hablar a través de los síntomas para obligarte a detenerte, porque tú no lo puedes o no lo quieres hacer, como un mecanismo de protección o de defensa.

Vivía muy rápido y muy intensamente en los últimos años y había llegado el momento de hacer un parón y recomponer mi vida. La vida es aquello que tú quieres o permites que sea. La vida puede ser lo que tú quieras. Necesitaba volver a empezar de cero, poner el marcador en la casilla de partida. Las cosas ocurren por algo. Quizás es porque debemos aprender algo nuevo. Cuando la vida te lleva a un camino que no conduce a ninguna parte, es hora de plantearte tomar el camino de regreso. Mientras tanto, a lo largo de este periplo a través del dolor, reanudaba de nuevo el peregrinaje médico, en busca de alivio para mi dolor, en el que médicos y especialistas me prescribían, invariablemente, antiinflamatorios, analgésicos y la siempre presente recomendación de practicar la natación, que yo decidí llevar a rajatabla, primero inscribiéndome en el polideportivo del barrio y después comprando una casa con piscina, donde después de nadar permanecía en la cama durante una semana con fuertes dolores.

Tenía un pensamiento recurrente durante los últimos años que asomaba a mi mente. Sentía un fuerte deseo de recluirme en un monasterio, en búsqueda de silencio, sosiego y serenidad, lejos de todo y de todos, sin embargo me embarcaba en vacaciones exóticas, lejanas y estresantes, además de costosas.




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