Una alternativa al castigo en educación

Fecha: miércoles, junio 24, 2020 Comentarios: 0 Visto: 2511

Los castigos han sido tradicionalmente considerados como medicinas para restablecer una conducta inadecuada, díscola o incorrecta. Así como para restablecer la salud de un cuerpo enfermo se le suministra un determinado medicamento, del mismo modo para reorientar el comportamiento de un niño se ha de aplicar el correctivo correspondiente. La pedagogía punitiva busca los castigos indicados en cada caso, los remedios más probados, las dosis más adecuadas, incluso describe las contraindicaciones y los efectos secundarios

Castigar se ha entendido comúnmente como una acción farmacológica que, en muchos casos, sólo viene a aliviar los síntomas. Ante un determinado comportamiento, se aplica el principio activo que se cree que puede inhibirlo, activarlo o corregirlo: “Te quedas sin”, “¡Fuera de mi vista!”, “Pues ahora haces esto” o cualquiera de los tipos que hemos visto en el capítulo precedente.

Por lo general, en la educación de los hijos no sólo se suele abusar de los remedios punitivos, sino que existe cierta tendencia a una actitud paralela a la que en farmacología se conoce como automedicación. Se van probando diferentes medidas disciplinarias e improvisando distintas estrategias según la situación, teniendo como único referente que alguna vez han dado resultado o por la inadmisible razón de que ya no se sabe qué más hacer.

Los castigos mal planteados, frecuentes o excesivos suelen tener consecuencias semejantes a una incorrecta automedicación: no sólo no curan, sino que pueden tener efectos secundarios nocivos. En casos extremos se puede incluso aplicar aquello de “peor el remedio que la enfermedad”, porque castigar sin ton ni son es justamente lo que convierte a un castigo en castigo.

Ese tipo de correctivos pueden producir en los niños dos extremos: lo que en psicología se llama sensibilización o la correspondiente habituación.

La primera consiste en que el castigo provoca una fuerte reacción en el niño, lo que le puede llevar a temerlo y cambiar de actitud para evitarlo o también a rebotarse y no aceptarlo. El miedo a quedarse sin jugar puede hacer que se porte bien o que se rebele y se descontrole, como el niño que estuvo escondido durante un día para evitar un castigo.

La habituación, por el contrario, hace que el acostumbramiento no le llegue a estimular lo suficiente, con lo que ningún correctivo es capaz ya de hacerle mella. Son esos niños que “están todo el día castigados”, que han asumido estar sancionados como una forma natural de estar.

Por desgracia, existen muchos niños intoxicados por un exceso de esa medicina punitiva que les aplican sus padres, niños y adolescentes acostumbrados a funcionar gracias a una cierta dosis correctiva. Si falta el principio activo del castigo, se ven incapaces de actuar porque están hechos a obrar motivados por algo extrínseco a ellos mismos.

Las consecuencias educativas sensatas (CES) no son medicamentos que se hayan de suministrar para corregir actitudes o comportamientos, sino, como ya hemos explicado, actuaciones que permiten que nuestros hijos sepan lo que han hecho mal y puedan corregirlo. No obstante, las CES tienen también su manual de uso, su prospecto.

Composición e indicaciones

Las CES están compuestas por pequeñas actuaciones educativas que surgen como consecuencia directa o indirecta de un comportamiento inadecuado. En su composición no entran elementos punitivos como los expuestos en el capítulo anterior, del tipo “te quedas sin”, sino acciones u omisiones que se derivan de manera natural o lógica de la conducta a corregir.

Así, por ejemplo, entran en su composición la reflexión en solitario o acompañada, recoger lo que se ha tirado, ordenar los juguetes, colaborar en algún aspecto relacionado con el daño causado, disculparse, pedir perdón...

Los castigos sensatos han de servir para formar el sentido de la responsabilidad, pero para ello nuestros hijos deben conocer las repercusiones que tendrán sus acciones. Si saben que dejar la habitación desordenada le va a acarrear perderse su programa preferido porque la tendrá que ordenar antes de ponerse a ver la tele, será más fácil que lo haga. Educar sin castigar no significa eliminar las normas; antes al contrario, implica tener muy claros los límites y exigir que se cumplan sin tener que llegar a enfados ni a improvisar castigos poco razonables.

Debemos escuchar sus razones antes de aplicar una consecuencia. Eso no significa que tengamos que aceptar cualquier excusa, pero sí escuchar sus motivos. El intervalo que se provoca en ese pequeño diálogo nos permitirá reflexionar y actuar con mayor sensatez. Y quizá el mutuo intercambio de razones sea suficiente para corregir y educar, que es lo que en el fondo se pretende. “Es que yo pensaba que...”, suele ser una evasiva muy utilizada. No obstante, hay que atender a sus razones, justamente para poder modificarlas. Si no se escucha, lo que él o ella pensaba lo seguirá pensando. Algunos padres lo dicen medio en broma medio en serio: “Por si acaso, primero castigo y después escucho las excusas”, huelga decir que esa actitud ni siquiera como broma es aceptable.

Posología

Un castigo sensato debe seguir con la menor dilación posible a la acción que se quiere sancionar, siempre proporcionalmente a la edad de nuestro hijo: cuanto más pequeño menos tiempo ha de transcurrir entre la acción a corregir y su consecuencia. A un niño de cinco años no podemos hacerle limpiar lo que ensució ayer, porque para él ese lapsus de tiempo hace que no relacione la acción con la corrección. Tal dilación puede ser efectiva en un adolescente, todo y que habrá que tener en cuenta su madurez y su manera de ser. La percepción que tienen los niños del tiempo no es la misma que la que tenemos los adultos. Si aplicamos nuestros parámetros lo único que lograremos será sembrar el rencor en unos corazones donde tal sentimiento no cabe todavía. Seguramente también estaremos sin querer cultivando un reconcomio de venganza, porque, como se suele decir, “la venganza es un plato que se sirve frío”.

Siempre debemos explicar a nuestros hijos cómo deberían haber actuado: qué han hecho mal y cómo tendrían que haberlo hecho. Puede ocurrir que, si no se le explica, no sepa por qué se le corrige. Una niña nos decía: “Sé que he hecho algo mal cuando me castigan, pero no sé el qué”. Se entiende que este tipo de actuaciones no sólo no son efectivas, sino que confunden a quien las padece. No sólo no educan, sino que deseducan, porque soportar un castigo sin saber la razón se convierte en algo irracional

Hemos de tener como norma general recriminar o corregir en privado. Hacerlo delante de otros: hermanos, familiares, amigos... es añadir una dosis de crueldad innecesaria que, además, hace que se atienda más al hecho de quedar en evidencia ante los demás que a corregir la metedura de pata. Deberíamos tomar como principio, no sólo en la familia sino en todos los ámbitos en los que tratamos con personas, elogiar en público y recriminar en privado.

Por supuesto, las CES que apliquemos deben estar relacionadas con la acción a premiar o a castigar. Si un hijo rompe un jarrón, el castigo debe ser, por una parte, proporcionado a la acción (jugar a la pelota en casa, por ejemplo) no al valor del jarrón, y, por otra, relacionado con lo que ha hecho, en este caso podría consistir en colaborar con su paga en la compra de otro, aunque sea a modo testimonial. Dejarle sin regalos de Navidad porque no ha estudiado lo suficiente o prometerle una bicicleta si saca buenas notas son correctivos o recompensas que están en un plano diferente a la acción que se quiere reprender o premiar. Una forma más adecuada de plantearlo sería quedarse en casa a hacer los deberes o regalarle un libro electrónico o una película especial por haber sacado buenas notas. Lógicamente, habrá que adecuarse a las circunstancias familiares y las características de cada hijo.

Precauciones

Hemos de tener claro que los castigos sensatos no inciden “contra” las personas sino “en” las conductas. A un niño que se le reprende porque ha mentido no se le puede decir “eres un mentiroso”, y no solamente porque no lo es, sino porque lo que estamos intentando corregir es la mentira. “Tú no eres así, qué raro que te hayas comportado de esta manera, pero eso que has hecho no ha estado bien”, ésta debe ser la actitud con la que aplicamos una consecuencia educativa sensata. No lo hacemos para fastidiarle, sino para educarle.

El objetivo al que debemos tender es a educar sin castigar, de modo que las medidas que tomemos en este sentido no han de ser habituales, sino excepcionales. En ningún caso, les han de privar de cosas positivas, como quedarse sin hacer deporte, sin visitar a los abuelos o sin un campamento de verano.

Una vez hemos decidido aplicar una CES, no debemos echarnos atrás y levantar la sanción. En este sentido, los únicos castigados somos nosotros mismos que debemos controlar que nuestro hijo la cumpla. No tenemos que ser padres ni excesivamente blandos ni excesivamente estrictos, sino implicados hasta las últimas consecuencias con nuestra labor. Hacer cumplir las normas resulta decisivo para poder educar.

Nunca debemos improvisar, sino pensar bien qué conducta queremos corregir y qué consecuencia vamos a emplear. Lo mejor es tenerlas pensadas, pero, en el caso en que nos pille de improviso, hemos de reflexionar antes de actuar. Lógicamente, no podemos dilatar demasiado la decisión, porque entonces no tendría efecto.

La última precaución que deberíamos tener muy en cuenta en todo el proceso educativo es lo que llamamos la “ley de la desproporción”. Tiene mucha más fuerza formativa el elogio que la recriminación. Una persona responde mejor ante las alabanzas que ante las reprimendas. Estas últimas generan una autoestima negativa, mientras que las primeras provocan optimismo. La “ley de la desproporción” adopta la forma matemática de 10:1, deberíamos felicitar a nuestros hijos diez veces por cada una que les reprendemos. Aplicarla requiere un esfuerzo porque la tendencia “normal” es la contraria; sin embargo, sus efectos resultan beneficiosos también 10 a 1.

Contraindicaciones: una torta bien dada nunca está bien dada

Cunde cierta creencia de que un cachete a tiempo, una torta bien dada, soluciona muchos problemas educativos. Lo sentimos: no estamos de acuerdo. Lo venimos diciendo por activa y por pasiva: una torta bien dada nunca está bien dada, un cachete a tiempo sigue siendo un cachete que tiene sus consecuencias a destiempo.

No se puede educar a bofetadas. De hecho, cuando se nos escapa una, sen-timos eso mismo: que se nos ha escapado, que se nos han acabado todos los argumentos educativos y hemos tenido que tirar de la fuerza física. “Llega un momento en que no puedo más y le doy una torta”, nos confiesan muchas madres. Eso demuestra justamente que echamos mano, nunca mejor dicho, de la “oratoria de la zapatilla”, la que usa la mamá de Manolito, el amigo de Mafalda, cuando nos sentimos nerviosos, impotentes, cansados... Y con tales premisas montamos un silogismo para justificar lo injustificable: la conveniencia educativa de la agresión física.

“Un cachete de vez en cuando le viene de maravilla”, suele ser otro argumento incontestable. Pero, ¿a quién le viene bien: a la educación de nuestros hijos o a nuestra propia tranquilidad? Sigamos con más cosas que, aunque no que-ramos reconocerlo, se dicen, como ésta: “No sé si sirvió para algo la bofetada que le solté, pero me quedé tan a gusto...”. ¿Es posible que esto lo haya dicho un padre? Por desgracia, sí.

No obstante, el argumento más esgrimido es el del “cachete a tiempo”. Generalmente se utiliza en su valor condicional o de advertencia, por lo que se con-vierte en una falacia. “Si le hubiera dado un cachete a tiempo...”. Nadie puede decir qué hubiera pasado si se hubiera cumplido la prótasis, es decir, la condición. O... quizá sí.

En cierto modo, eso es lo que intentó demostrar un estudio realizado por la American Academy of Pediatrics en 2012. La conclusión del estudio, que manejaba datos obtenidos de 34.000 personas adultas de Estados Unidos, fue que el castigo severo en la infancia (no los maltratos graves), se refería a empujones, golpes, bofetadas... está relacionado con el desarrollo de desórdenes y enfermedades mentales en la edad adulta. Así, la manía y la dependencia de drogas o alcohol aparecen en entre el 2% y el 5% de los que informaron haber sufrido ese tipo de castigos en su infancia. Con el tiempo, los niños y niñas que recibieron un “cachete a tiempo” fueron más propensos (entre el 4% y el 7%) a las paranoias, los comportamientos antisociales, la dependencia emocional o el narcisismo.

No hay un momento mejor que otro para dar un cachete a un hijo. El mejor momento es no darlo nunca. Un cachete a tiempo trae consecuencias en el tiempo: sabemos cuáles son las negativas; las positivas no se han descrito.

La pedagogía no es una ciencia exacta y hay muchos aspectos opinables, lo cual no significa que no deban ser razonados. Los argumentos a favor de “un cachete a tiempo” o “una torta bien dada” los hemos escuchado muchas veces y siempre son polémicos. Hay padres a favor y padres en contra, con todo lujo de matices.









Extracto sacado del libro de Educar sin castigar de Pilar Guembe y Carlos Goñi

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