¿Tu hijo ha visto alguna vez las estrellas?

Fecha: miércoles, febrero 20, 2019 Comentarios: 0 Visto: 375

La periodista china Chai Jing denuncia en su documental Under the Dome (Bajo la cúpula) los altos niveles de contaminación de su país. Antes de ser censurado, el documental ha sido visto por más de 150 millones de chinos y se ha convertido en el tema más buscado en las redes sociales de China. Chai Jing es famosa en su país por sus reportajes de investigación en la televisión estatal, aunque este documental lo ha costeado de su bolsillo.

Decidió hacerlo, según explica ante la ecografía de su hija, cuando los médicos detectaron en la pequeña un tumor benigno causado por la contaminación. Decidió entonces grabar lo que estaba ocurriendo, la apatía del gobierno ante un problema evidente que afecta directamente a millones de personas, la ciudades cubiertas durante días por una densa nube, vertidos de residuos tóxicos y consumo incontrolado de carbón y otras materias altamente contaminantes. Como no puede ser de otra manera, la carga emocional del documental es tan elevada como los índices de contaminación que tienen algunas ciudades chinas, enterradas bajo una cúpula de gases: auténticas ciudades sin cielo.

En un momento del documental, quizá el más emotivo, Chai Jing pregunta a su hija: “¿Has visto alguna vez las estrellas?”. Y la niña responde: “No”. “¿Y has visto el cielo?”, vuelve a preguntar la madre. Su hija responde: “Algunas veces”.

La niña sabe que en el cielo hay estrellas porque lo ha visto en una Tablet, en la pantalla de un ordenador o de un móvil, pero nunca ha contemplado el cielo estrellado sobre sí, que, según el filósofo Immanuel Kant, es junto a la ley moral una de las dos cosas que llenan el alma humana de admiración y respeto. La hija de Chai Jing, como muchos niños chinos, no ha podido saber lo que se siente al contemplar una noche estrellada porque viven dentro de una cúpula de contaminación.

Por desgracia, a muchos de nuestros hijos les pasa algo parecido: nunca han visto el cielo estrellado porque viven dentro de una cúpula de contaminación tecnológica que les impide mirar hacia arriba. Todo lo tienen abajo, en las pantallas que llevan entre las manos, allí donde les hemos enseñado a buscarlo todo.

Los niños chinos, por mucho que miren hacia arriban, no pueden ver las estrellas. Los nuestros, no las ven porque no miran hacia arriba. Poco podemos hacer por descontaminar las ciudades chinas, pero sí que podemos hacer mucho por no contaminar a nuestros hijos con un exceso de pantallas. Los tenemos demasiado tiempo mirando para abajo, encorvados sobre sí mismos, con los ojos en el móvil o la Tablet. Hagamos que levanten la mirada, saquémoslos de casa, llevémoslos al campo, enseñémosles el mundo real: que contemplen el cielo estrellado para que sus almas se asombren y se llenen de esa admiración y respeto de los que hablaba Kant.

Huérfanos digitales

Se ha hablado hasta la saciedad de que nuestros hijos son “nativos digitales”, mientras que los padres naufragamos a menudo en estos asuntos de pantallas, aplicaciones on-line y redes sociales. Es verdad, un niño de diez años o un adolescente de quince nos dan mil vueltas en el uso de las nuevas tecnologías. En cierto modo, nos sentimos acomplejados en un mundo en el que ellos han nacido y nosotros intentamos sobrevivir. Algunos padres se sienten niños al lado de sus hijos, porque no son capaces de manejar como lo hacen ellos un iPad, una Tablet o un iPhone de última generación.

Los hijos nadan como pez en el agua en ese líquido amniótico en el que han nacido, se mueven en el ciberespacio como Pedro por su casa y se sienten, como leones, reyes de la selva digital. No obstante, muchas veces quedan atrapados en las redes sociales, salen escaldados de alguna de sus aventuras por Internet o son destronados por un virus informático que se les ha colado en el sistema.

Como nos ven náufragos en una isla desierta sin cobertura ni conexión, no nos piden ayuda, no cuentan con nosotros y, simplemente, no nos lo cuentan. Prefieren buscarse la vida ellos solos porque no les queda otro remedio; no en vano les hemos dejado claro que en esos temas no tenemos nada que decir, que somos analfabetos digitales y que no les podemos echar una mano. Es la excusa perfecta y además bilateral: “Mis padres no tienen ni idea de informática”, dicen los hijos, mientras que los padres se justifican: “Es que yo no entiendo de esas cosas”.

De esta forma, hemos creado una generación de “huérfanos digitales”, hijos sin padres que los orienten en ese mundo al que los hemos traído y del que nos inhibimos por miedo o comodidad. Puede que nuestros hijos dominen mejor que nosotros todo ese universo digital en el que moran; sin embargo, no saben más que nosotros. Muchas veces se hallan perdidos, abandonados en su propio hábitat, que les resulta inhabitable, porque nosotros no hemos sido capaces de convertido en un verdadero hogar. Nos da apuro entrar en su habitación llena de tecnología, como nos lo daría ocupar el asiento de un piloto en pleno vuelo, pero lo tenemos que hacer, tenemos que atrevernos a entrar en su mundo, a tomar el timón. Quizá no sepamos pilotar la nave en la que hemos embarcado a nuestros hijos; sin embargo, podemos (y debemos) situarnos en la torre de control desde donde vemos lo que ellos no ven y desde donde podemos (y debemos) facilitarles las coordenadas de vuelo, el parte meteorológico y el permiso para despegar y aterrizar.

Nos está pasando algo semejante a lo que les ocurría a algunos padres de antaño, quienes, por creer que sabían menos que sus hijos, no se atrevían a hablar con ellos de sexualidad. “¿Qué les voy a aconsejar yo, si ellos saben más?”, se preguntaban a modo de excusa. El pretexto se convertía en un subterfugio para huir del atolladero y el resultado es que pocos se atrevían a dar criterios sobre un tema tan importante.
Resulta que ahora nos sentimos acomplejados en ambos temas, pensamos que los hijos ya lo saben todo, que nacen expertos tanto en el ámbito sexual como en el tecnológico y que nosotros somos unos ignorantes que no tienen nada que decir. Pero la realidad es muy distinta: tienen los medios, pero saben menos que nosotros. Por muy rodeados que estén de dispositivos tecnológicos, que les hemos facilitado, los adolescentes están mucho más perdidos que nosotros por la sencilla razón de que la profusión de medios no les deja ver los fines.

Para enlazar los medios con los fines no se necesitan habilidades tecnológicas del tipo que sea, sino criterios. Ahí entramos los padres para dar criterios de uso que ellos no aplican, lógicamente, porque no se los hemos dado. ¡Fuera complejos! Invirtamos tiempo en aprender cosas básicas (no son tantas) y así poder contactar con ellos para que reciban nuestros consejos. Ya no valen los pretextos antiguos. No convirtamos a nuestros hijos en huérfanos digitales.

Bautismo digital

El bautismo digital se produce en el momento en que un bebé es presentado en las redes sociales. Lo suelen hacer los padres que quieren compartir con sus contactos la felicidad de haber tenido un hijo. Cuelgan, entonces, en un blog, en Facebook, Instagram, Twitter o WhatsApp una foto del recién nacido –a veces ya de la ecografía– para que la vean los familiares y amigos. De modo que, antes de cumplir un año de vida, un tercio de los niños y niñas han dejado ya su huella digital en Internet.

Luego continúa el álbum de fotos: dormido, despierto, comiendo, llorando, riendo, en la poltrona, en la bañera, con su primer vómito, su primer susto, su primer diente, su primer día de cole, su primer… Si seguimos así, mostrando la intimidad de nuestros hijos, nos habremos convertido en “padres sharent”, es decir, en padres que practican el “sarenting”, o lo que es lo mismo, que comparten sin pudor la vida de sus bebés en Internet.
El problema del “sharenting”, como resulta evidente, es que la huella digital que dejamos en las redes sociales es imborrable. Por lo que, a partir de su bautismo digital nuestro hijo pasa a ser, en cierto sentido, patrimonio de la red.

La cuestión no tiene por qué ir a más si somos cuidadosos y tenemos en cuenta que todo lo que digamos o exhibamos de nuestros hijos en la red podrá ser usado en su contra en el futuro menos pensado. Lo hacemos gratuitamente, pero nos puede salir muy caro.

Emma Beddington, colaboradora de The Guardian, advierte de los peligros del “sharenting” y se pregunta cómo afectarán estas acciones de los padres en los niños a medida que vayan creciendo. La foto del niño disfrazado de angelito puede resultar graciosa a los cuatro años, pero quizá pueda ser motivo de intimidación por parte de otros niños años más tarde. ¿Qué repercusiones –se pregunta Beddington– tendrá el comentario de una madre sobre el hecho de que su hijo moje la cama cuando sea primer ministro?

No hay guantes que oculten las huellas digitales. La empresa AVG advierte sobre la dificultad, o mejor dicho, imposibilidad de que una persona controle la información una vez que ha sido digitalmente bautizada.

Debemos considerar las decisiones que tomamos respecto a nuestros hijos y extremar la responsabilidad, porque lo que hagamos con ellos ahora puede tener repercusiones unos años más tarde, repercusiones que les afectarán a ellos directamente y sin haber “hecho nada”. Tendrán que responder sin ser responsables.

Redes (neuro)sociales

Las redes sociales ya han modificado nuestro cerebro. Lo dicen los expertos. Según recoge en una nota de prensa la compañía biomédica Pfizer, tras la reunión de psiquiatras de toda España llevada a cabo en Córdoba, el uso de las redes sociales tiene efectos tanto positivos como negativos sobre el cerebro.

El cerebro se ha adaptado a las nuevas tecnologías digitales desarrollando nuevas conexiones neuronales. Del mismo modo, ha creado inéditos métodos de aprendizaje y, como era de esperar, también ha desarrollado formas desconocidas de adicción. La plasticidad cerebral responde al cada vez más intenso uso de las redes sociales generando redes neuronales.

A este respecto, el doctor Pedro Bermejo, neurólogo y presidente de la Asociación Española de Neuroeconomía, explica que “los nativos digitales aprenden de un modo ligeramente diferente a los que no lo son; por una parte, son capaces de hacer varias tareas a la vez con mejor resultado y por otra son más rápidos buscando información para dar respuesta a preguntas concretas”. Pero esta ventaja conlleva un inconveniente: “se ha comprobado –dice Bermejo– que tienen mayor dificultad para discernir entre las fuentes de información fiables y las que no lo son”, así se fían más de lo que dicen sus contactos que de los contenidos de las webs oficiales.

No obstante, las nuevas tecnologías así como la inmersión en las redes sociales pueden provocar adicción, ya que el procesamiento cerebral tiene lugar en los circuitos relacionados con las recompensas y su uso no controlado –alertan los expertos– podría estar asociado a algunos trastornos psiquiátricos como las adicciones.

Desde el punto de vista químico, las redes sociales provocan cambios en los neurotransmisores. Así se dan mayores niveles de oxitocina, que se relacionan con más compras por Internet, de adrenalina, que tienen que ver con el aumento de la agresividad, y de dopamina, sustancia que se libera cada vez que se recibe un “me gusta”. Esta repercusión directa en los sistemas de recompensa y en la sensación de felicidad hace que el cerebro se amolde y establezca conexiones de forma rápida y firme.

Entre las repercusiones de las redes sociales en el cerebro, los expertos señalan cuestiones como la pérdida de capacidad de concentración y de atención, así como la dificultad para leer y escribir textos largos. Si parece que mejoran las regiones cerebrales que utilizamos para manejar varios datos a la vez, lo hacen en detrimento de las áreas que utilizamos para memorizar a largo plazo.

La plasticidad de nuestro cerebro nos sacó de la animalidad y nos hizo humanos. Para que las redes sociales no lo moldeen a su manera, debemos contrarrestar su influjo en algunos aspectos que se deducen de lo dicho:

•No adelantar la edad de acceso a las redes sociales para darle tiempo al cerebro a configurarse de manera natural.

• Despegar a nuestros hijos de las pantallas, fomentando el deporte, las salidas, los juegos, las visitas, las conversaciones…

• Enseñarles que un “te quiero” vale más que mil “me gusta”.

• Poner, y ponernos, límite al uso de las pantallas y a las compras por Internet.

• Reintroducir los juegos de mesa (ajedrez, puzzles, dominó, cartas, parchís…) que favorecen la atención, la calma, el saber esperar el turno, la cooperación, el control postural…

• Acostumbrarles a no usar emoticonos, sino a expresar los sentimientos con palabras, mejor dichas que escritas.

• Contagiarles la pasión por la lectura. En ella se concentra la atención y se ejercita la memoria.

• Son algunas ideas para que nuestros hijos no se queden atrapados en las redes neurosociales.

Este contenido ha sido extraído del libro
Educar entre dos de Pilar Guembe y Carlos Goñi




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