“Pedimos demasiado a la palabra felicidad”

Fecha: martes, mayo 26, 2015 Comentarios: 0 Visto: 764

Deberíamos empezar por desvelar qué nos lleva, por naturaleza, al sufrimiento y desde este autoconocimiento apartar los obstáculos que nos impiden una vida más feliz, plena y satisfactoria. Reyes Adorna ha indagado en “El origen de la infelicidad” y Declée de Brouwer ha editado con ese título el último trabajo -un lúcido estudio sobre las raíces biológicas de la infelicidad- de esta autora, especializada en escritura creativa y terapéutica. Hemos hablado con ella sobre este libro, que incluye decenas de ejercicios prácticos y que dedica “a la especie humana, por buscar algo más que la supervivencia en un mundo sin instrucciones”.

 

“Pedimos demasiado a la palabra felicidad”

 

P: ¿Por qué esa dedicatoria?

R: Al igual que nos explican cómo funciona nuestro cuerpo para cuidarlo, deberían adjuntarnos un manual de instrucciones de nuestro cerebro y del uso de las herramientas con las que hemos nacido. Nos falta ese manual.

 

P: ¿Qué te llevó a indagar el origen de la infelicidad?

R: Estaba un poco cansada de escuchar por todas partes expresiones como “No te preocupes”, “Vive el presente”, “Hay que pensar en positivo”, “No tengas miedo”…. La gente se siente culpable por no poder llegar a esas metas y yo quería transmitir que las emociones que llamamos negativas o las preocupaciones, todo aquello de lo que renegamos o que nos hace la vida más desagradable, no son más que herramientas útiles para la supervivencia.

 

P: ¿Por qué son unas herramientas útiles?

R: Las tomamos como un rasgo de nuestra personalidad, como una torpeza o una maldad y no como un diseño que la evolución ha creado para ayudarnos a sobrevivir. El autoconocimiento es el primer paso para comprendernos, para reconciliarnos con esas emociones y gestionar lo mejor posible esas herramientas. Desconocer algo tan sencillo hace que, a menudo, queramos anularlas o quitárnoslas de encima lo antes posible.

 

P: ¿Qué es, o debería ser, la felicidad? 

R: La cuestión no es qué es la felicidad o si es posible conseguirla o si puede estar con nosotros todo el tiempo… Le pedimos demasiado a esa palabra y, de tanto buscarla y perseguirla, la alejamos más. Creo que habría que darle la vuelta a la tortilla y empezar a desvelar primero qué nos lleva por naturaleza al sufrimiento y, desde este autoconocimiento, ir quitando, poco a poco, los obstáculos para una vida más feliz, plena y satisfactoria. Este sería un objetivo más realista y humano.

 

P: Somos infelices por desconocer nuestra naturaleza…

R: Lo que nos lleva a la infelicidad no es ninguna enfermedad: es el desconocimiento y la ignorancia sobre cómo somos. Sería un salto en nuestra evolución que nos enseñaran desde pequeños para qué sirven las emociones o qué ocurre cuando le damos demasiadas vueltas a un pensamiento. La imaginación crea escenas y emociones que no tienen nada que ver con la realidad, pero las vivimos como reales.

 

P: ¿Nos complica la vida tener ese cerebro imaginativo? 

R: Pero no es una maldición de nuestro cerebro para fastidiarnos la vida, sino que está diseñado así para protegernos. Si en aquel mundo brutal y peligroso de hace miles de años no hubiéramos estado atentos a los posibles peligros y no  hubiéramos ensayado previamente la respuesta en nuestra imaginación, no estaríamos aquí. Ya no vivimos en ese mundo tan peligroso y la supervivencia ha pasado a un segundo plano. Nuestras sociedades han cambiado, pero nuestro cerebro sigue siendo el mismo.

 

 

Educar las emociones, la mente y la inteligencia social

 

P: En tu libro hablas de la importancia de educar las  emociones, la mente y la inteligencia social… ¿Cómo se hace?

R: Educar emocionalmente es enseñar para qué sirven y cómo funcionan nuestras emociones; reconciliarse con ellas y aprender a gestionarlas de la mejor manera posible. Educar la mente significaría aprender cómo funciona el pensamiento, qué ocurre cuando alimentamos más de la cuenta una idea o cómo interpretamos, simplificamos y estructuramos la realidad, muchas veces de forma distorsionada. Educar socialmente es abrir los ojos a la realidad de los otros, desarrollar la empatía, saber poner límites a nosotros mismos y a los demás y favorecer la capacidad de estar en grupo sin perder nuestra individualidad. Se deberían enseñar estos tres aspectos en el sistema educativo para gozar de una sociedad más tolerante, empática, justa y feliz. Deberían existir asignaturas que hablaran de estos temas y que tuvieran el mismo valor académico que las asignaturas tradicionales.

 

P: Y mientras eso no se enseñe en la escuela, ¿Qué le dirías a una persona que nunca parece feliz y que no se contenta ni conforma con nada?

R: Le diría que es normal que le ocurra, que estamos hechos para detectar y desear lo que nos falta, porque nos vino muy bien para sobrevivir. Sin embargo, en esta sociedad opulenta, la mayoría de las cosas que deseamos no son necesarias y pueden convertirse en una trampa que nos lleva a la insatisfacción crónica. Quizá por esa razón, en países pobres, donde lo que las personas pueden conseguir se reduce a casi cuestiones de supervivencia, no están continuamente deseando y frustrándose.

 

P: Te refieres a una insatisfacción crónica, porque siempre deseamos lo que no tenemos…

R: Tenemos activado el llamado “radar de carencias”, un término que utiliza Pablo Herreros Ubalde, en su libro “Yo, mono”, que nos hace estar atentos a lo que no tenemos y que provoca que  nos pase desapercibido lo que tenemos. Es cuestión de educar y acostumbrar la mirada para activar lo que yo llamo el “radar de pertenencia”. Si lo educamos, empezamos a darnos cuenta de lo que podemos gozar, de todo aquello importante que, si lo perdiéramos, lo lamentaríamos. Empezaríamos a disfrutarlo de una vez.

 

P: Gloria Fuertes decía que “le hacía trampas a la tristeza para que no le ganara la batalla”, ¿Hay trucos para ser feliz?

R: La frase “truco para ser feliz” me suena a engaño, a ese parche que les ponemos a nuestros malestares, sin ir a la raíz del asunto. Es como si nos dijeran que tenemos colesterol y, en vez de explicarnos que la causa está en una mala alimentación que ensucia y estrecha nuestras arterias, nos aconsejaran: “Tómate una pastilla y no te preocupes de nada más”.

 

P: Sólo nos queda el autoconocimiento…

R: Vamos a dejar de vender y comprar trucos mágicos para ser felices. Conozcámonos. Sepamos que la culpa no es nuestra, sino de nuestra falta de autoconocimiento. Venir sin libro de instrucciones tiene sus consecuencias, pero el ser humano poco a poco está elaborándolo gracias a los avances neurológicos. Esa es la buena noticia.

 

Reyes Adorna Castro 

Estudió Filología Hispánica. Trabaja de profesora de secundaria en la enseñanza pública, impartiendo clases de Lengua y Literatura a adolescentes y adultos. Se ha especializado en escritura creativa y terapéutica, en técnicas de control del estrés, en Terapia Breve Estratégica y Terapia Cognitiva. Actualmente imparte cursos y conferencias sobre crecimiento personal, autoestima y gestión de emociones en diversas organizaciones. Su investigación sobre psicología, biología, neurociencia y primatología, le ha permitido adquirir un conocimiento interdisciplinar del comportamiento humano y acercarse a las raíces más profundas de nuestros malestares.

 

 

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