La muerte y la vida son dos polos de una misma dimensión. Como afrontemos una, estaremos afrontando a la otra

Fecha: martes, febrero 12, 2019 Comentarios: 0 Visto: 380

¿Por qué hablar de la muerte?

Hablar de la muerte es hablar de la vida, pues la muerte forma parte de ella de una manera muy esencial. Nos confronta con nuestra finitud, con nuestra vulnerabilidad existencial. Nos conecta con nuestra humanidad. Hablar de la muerte hace que no la neguemos y, por tanto, que podamos afrontar que un día ha de llegar. Esto nos permite prepararnos a nosotros mismos y a los seres queridos. Y, preparándonos, estamos dignificando ese último momento de nuestra biografía que hemos de afrontar expresando como queremos que sea nuestro final. Y, en este sentido, se propicia la realización del Documento de Voluntades Vitales Anticipadas o también llamado Testamento Vital.

¿Por qué recurrir a la antropología y a la mitología para el libro?

La antropología nos permite una mirada a lo humano en largos periodos de tiempo y así poder observar las vivencias que se tenían en las diferentes facetas del ser humano (su cultura, costumbres, ritos, etc.) y en concreto, en el tema que tratamos, como ha evolucionado la manera de integrar la muerte en la cotidianidad. La mitología, por otro lado, nos muestra situaciones humanas de profundo calado psicológico y existencial (rupturas, crisis, pérdidas, traumas, etc.) a través de historias que nos narran los mitos.

«La muerte hoy en día se vive como la muerte del otro».

¿Cómo vemos la muerte hoy en día?

La muerte, hoy en día, se vive como la muerte del otro. Es el otro quien se muere. Manteniendo así un ideal de inmortalidad irracional. Se vive como un fracaso, tanto en términos médico-científicos, ante la omnipotente tecnología que se nos impone desde la negación de un adecuado esfuerzo terapéutico; como desde lo personal, ante el hecho de que nos confronta de manera angustiosa con nuestra mortalidad, tantas veces negada.

¿A qué se debe la omisión de la muerte, a que no hablemos de ella?

Que la muerte se haya convertido en un tabú, de la que por tanto no se deba hablar, viene precedido por un lado por los avances tecnológicos, en los que la muerte aparece como el resultado de un fracaso de la medicina deshumanizada y, por otro lado, por una cultura narcisista, donde el hedonismo se ha convertido en el valor central y la frustración, la incertidumbre y la aceptación de los limites, en algo rechazable.

«La muerte se vive como un acontecimiento al que se respeta y se teme, pues nos confronta con el misterio del más allá, nos confronta a la conciencia de nuestra temporalidad y al horror de no ser».

¿A lo largo de los años, ha sido siempre así?

A lo largo de la historia la relación del hombre con la muerte ha venido precedida por un sentido de espiritualidad que se manifiesta en el hecho de dar sepultura. Desde los albores de la humanidad, la muerte se vive como un acontecimiento al que se respeta y se teme, pues nos confronta con el misterio del más allá, nos confronta a la conciencia de nuestra temporalidad y al horror de no ser. Pero hay distinciones en función de la época. En la época de los caballeros de gesta o de las narraciones medievales, la muerte era advertida y aceptada. Había una familiaridad con la muerte y una coexistencia entre los vivos y los muertos. Posteriormente entre los siglos XI-XII, dentro de un contexto cristiano, la muerte se sigue aceptando como algo natural, pero aparece la idea de una responsabilidad individual donde las buenas o malas acciones determinaran el acceso al Paraíso. Más adelante, la muerte empieza a considerarse como una interrupción forzosa de la vida cotidiana y se pasa de una actitud solemne y serena desde los ritos de paso previstos, a la emocionalidad de los asistentes que nos indica la incapacidad de estos en vivir y aceptar la separación que otrora, se aceptaba con calma. A partir de la segunda mitad del siglo XIX, con la industrialización y los avances de la medicina, la muerte se vuelve vergonzante y objeto de tabú, hasta nuestros días.

«La muerte y la vida son dos polos de una misma dimensión. Como afrontemos una, estaremos afrontando a la otra».

¿Cuál sería la relación entre “afrontar la muerte y la vida”?

La muerte y la vida son dos polos de una misma dimensión. Como afrontemos una, estaremos afrontando a la otra. Como menciono en el libro dando voz al maestro Bernardo Pérez “alta cosa es decir que cuando el hombre sale del vientre de su madre entra otra vez en el vientre de su madre, y que cuando sale de la vida entra en la vida”. Sus palabras expresan con gran belleza poética la continuidad entre la vida y la muerte. Y desde esta continuidad solo se puede afrontar dignamente la muerte afrontando dignamente la vida. Dignificar la vida es reconocer nuestra naturaleza mendicante, nuestra profunda vulnerabilidad y acogerla con hospitalidad.

¿Qué es la figura del “sanador herido”?

La figura del “Sanador Herido” es tan antigua como la humanidad, desde los antiguos chamanes hasta los actuales agentes de salud (médicos, psicólogos, enfermeras, etc.). Ejerciendo una labor de acompañar en el sufrimiento, poniendo el corazón al servicio de la hospitalidad. Ahora bien, para poder realizar esa función sanadora, el agente de salud ha tenido primero que revisar sus propias heridas vitales, con sus asuntos emocionales inconclusos. Sin esta confrontación previa con nuestro propio dolor, con nuestras cicatrices de vida, el encuentro con el dolor del otro pudiera devenir en desconsuelo mutuo. El sanador realmente puede alcanzar las heridas, desesperanza del otro y dar consuelo, porque él se sabe también herido y desde la compasión a sus propias heridas y desde el reconocimiento de sus limitaciones, puede acompañar cálidamente al otro.

¿Cómo nos puede ayudar el proceso terapéutico para aceptar o hablar de la muerte?

Como indica su nombre es un proceso, un viaje con una finalidad sanadora, al encuentro con la esperanza. Lo defino así porque no se trata de erradicar o quitar aspectos que duelan, ya que en ocasiones esos aspectos no pueden desaparecer, sino de mirar con otra actitud el dolor que nos aqueja. Es un viaje que se hace acompañado por otro que genera un espacio de aceptación incondicional, de empatía y de acogimiento, donde poderse a abrir a compartir sus temores y su vergüenza, sus culpas y esperanzas, de la muerte atesorada en su corazón. Si conseguimos esto, estamos abriendo un camino de aceptación a poder hablar de todo lo que implica la vida, incluida la aceptación de nuestra finitud que como seres encarnados se cristalizará en la muerte.

¿Cómo cree que tratan la muerte los profesionales de la salud a nivel psíquico-emocional?

Los profesionales de la salud en general han sido educados en la misma idea sobre la muerte que el resto de los ciudadanos y, por tanto, participan de los mismos valores. Están hábilmente entrenados en atender al cuerpo del moribundo con eficacia, pero evitan pronunciar la palabra “muerte”, evitando así las tensiones emocionales de la familia, pero también, como una forma de no hacer frente a sus propias vivencias perturbadoras y estresante de la muerte. Muy distinto son los profesionales de las “Unidades de Cuidados Paliativos” que están preparados en la comunicación de las malas noticias y en saber acoger las emociones del paciente y sus familiares, desde el reconocimiento de sus propias heridas.

«Para morir con dignidad y calma hay que hablar de la muerte y así poder, despedirse de los seres queridos y de la vida en paz».

¿Una vez leído el libro, qué supondrá o cómo definirá la muerte el lector?

Es difícil saberlo, por cuanto cada individualidad integrara la muerte en base a sus creencias y su historia personal. Pero si al leer el libro, se han sentido más cerca de integrar la muerte como una parte más de la existencia y no la viven como un fracaso, sino como un aliciente para vivir más el presente y hacer frente a su realidad con responsabilidad, creo que sería muy positivo.

Una experiencia muy habitual en los hospitales y con enfermos terminales, es que muchas veces las parejas, las familias no han hablado nunca de como quieren morir. Y cuando llega el momento les entra el temor de expresar sus deseos para no hacer sufrir al otro, generándose lo que se denomina la conspiración del silencio. Para morir con dignidad y calma hay que hablar de la muerte y así poder, despedirse de los seres queridos y de la vida en paz.


Maria Lluis – Barcelona, febrero 2019




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