LA MAGIA DE LOS NIÑOS

Fecha: lunes, abril 25, 2022 Comentarios: 0 Visto: 406

¿Tu hijo no te hace caso? ¿Las rutinas son una pesadilla? ¿Temes la explosión de rabia? ¿O simplemente quieres llenarte de ideas y relajarte? Si tienes en casa algún niño de 1 a 90 años, te va a ser de gran ayuda, ¡empieza a leer ya!

La palabra Infancia proviene del latín infans, que significa el que no habla. Sin embargo, la voz de los niños debería escucharse alto y claro, porque ellos son pura magia, nos llenan de energía y alegría, son sinceros, curiosos, imaginativos, inocentes, miran al mundo con tal entusiasmo que no queda otra que seguirles hasta el infinito y llegan con todo un arsenal de vida y unos ojos abiertos como platos. Si creemos firmemente en ellos y nos dejamos llevar por esa chispa, nos daremos cuenta de que en la vida no todo es urgente y que pasar de puntillas es perder la oportunidad de ser.

No podemos resolver un problema pensando de la misma manera que cuando lo creamos. –Albert Einstein

Por otra parte, a veces los niños también nos incomodan. Haciendo emerger asuntos bien profundos de nuestra propia infancia, nos enfrentan con nuestra capacidad de autocontrol y con nuestros miedos. De repente, nos encontramos con una mirada distinta. Tener hijos, si uno está atento, se asemeja a pasar por una terapia que nos remueve y nos hace reinventarnos.

Los niños son maravillosos, pero el caso es que la natalidad cada vez es más baja, existen restaurantes y hoteles donde no se les permite la entrada y hay numerosas personas que los miran con cara avinagrada. Por lo visto, para ellos los niños suponen un trabajo agotador, hacen demasiado ruido, molestan, vamos que son un plomazo. Nos causan muchos dolores de cabeza y si encima nos empeñamos en resolver estos problemas poniendo el foco únicamente en el pequeño, nos costará una úlcera solucionarlos. Y digo yo, ¿no será que nos hemos vuelto una especia de zombis? ¿No será que vamos tan deprisa que nuestras capacidades de amar, de aprender y de disfrutar van a rastras? La vida cotidiana es rutinaria, pesada y apresurada, así la hemos montado nosotros ¿qué culpa tienen los niños de esta extraña forma de vida que seguimos? 

Jung decía: Las personas podrían aprender de sus errores si no estuvieran tan ocupadas negándolos.

Sí, los niños se muestran impacientes, lo quieren todo de inmediato y no están neurológicamente preparados para controlarse. Cuando son muy pequeños se muestran impulsivos, no saben anticipar qué pasará, actúan y punto. Por tanto, somos los adultos los que tenemos que estar preparados para explicarles los peligros, para encauzar el descontrol, para hacerles entender lo que está bien y lo que está mal. Además hemos de estar preparados para repetirlo una y otra vez, hasta la saciedad, es lo que toca, porque los niños gozan de una memoria limitada. Tampoco vienen de serie con un lenguaje del todo elaborado y se hacen un lío con el espacio y el tiempo. Los conceptos mañana o después pueden ser confusos para ellos. Podemos decirles que mañana iremos a merendar y nos preguntarán tropecientas veces que cuándo vamos, les diremos que después de cenar tendrán que lavarse los dientes y ese después puede ser eterno. ¿Papá, cuánto falta? Un viaje largo en coche no sería lo mismo sin esta pregunta. El niño pequeño cree que puede comer caramelos, chocolatinas, helado, pastel y luego cenar en una misma tarde. Para él todo es posible, los límites no van con él, son cosa nuestra. Si los adultos respondemos con intolerancia, es decir, haciéndole sentir culpable, tratándolo de caprichoso, egoísta o insensato, no estaremos educando, estaremos reprimiendo. Si por el contrario respondemos de forma comprensiva, el niño se sentirá frustrado, pero irá aprendiendo poco a poco qué es lo que se puede hacer y lo que no.

Los niños no son como nosotros en versión mini. En la mayoría de los casos no van a mostrarse razonables ni obedientes, y no porque tengan mala uva y quieran amargarnos, sino porque no pueden. Tampoco son robots, a veces quieren algo y luego cambian de opinión y entonces quieren otra cosa. No es que sean antojadizos y maleducados o pretendan volvernos tarumba, es que se bloquean y tenemos que estar presentes para ayudarles. Eso no significa que los adultos debamos de dejar que actúen como les dé la real gana, pero sí hemos de centrarnos en comprenderlos, aprender a controlar nuestro propio malestar cuando los pequeños no hacen lo que les pedimos, procurar no perder los nervios cuando se pone en duda nuestra autoridad. En definitiva, si conseguimos dominar nuestro propio estrés, será más fácil gestionar los conflictos.

Pasamos el primer año de vida de un niño enseñándole a caminar y a hablar, y el resto de su vida a guardar silencio y sentarse. Algo no funciona bien. –Neil Degrasse Tyson

A veces damos por sentado que los niños conocen todas las reglas del mundo adulto. Un mundo, por otra parte, lleno de contradicciones. ¿Los adultos nos contradecimos? ¡No, pero qué disparate!

Conviene ser consecuentes. No podemos, ante la misma acción, un día enfadarnos, otro día reír las gracias y otro día ignorarlo, porque el niño no va a entender nada.




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