“La madurez marca el final de la adolescencia, no la edad cronológica”

Fecha: jueves, marzo 17, 2016 Comentarios: 0 Visto: 4250

El pedagogo y profesor emérito de la Universidad de Navarra Gerardo Castillo ha publicado un sintético e interesante libro en el que desvela los mitos y enigmas que circundan la adolescencia, una etapa de ensimismamiento y rebeldía -“es un rasgo típico”, defiende el autor en esta entrevista-, que los padres deberían abordar con un estilo educativo asertivo, centrado en los hijos y con una autoridad persuasiva y dialogante.  

 

P: Una pregunta que se hacen muchos padres: ¿La adolescencia termina o es una etapa que ahora se prolonga sine die?

R: En principio, la adolescencia termina tras cumplir su misión de etapa de transición evolutiva entre la infancia y la adultez. El mejor indicador de su terminación no es la edad cronológica, sino la madurez que permite pasar de la conducta dependiente y por imitación a la conducta autónoma y original. 

Últimamente, en determinados países del mundo industrializado occidental, se está produciendo el fenómeno de la adolescencia ampliada. En algunos casos se debe al temor a hacerse mayor (Síndrome de Peter Pan); en otros, a la prolongación de la dependencia por duración excesiva de la fase de formación.

 

P: ¿Y si le digo que mi hijo postadolescente ha rebasado los treinta y sigue en casa? 

R: En algunos casos no es un comportamiento anómalo o censurable. Por ejemplo, el hijo trabaja pero sigue en casa para acompañar a unos padres muy mayores y/o enfermos. Pero en la mayoría de los casos se debe al miedo a la vida independiente y a vivir peor que en la casa paterna (con menos comodidades). Para estos jóvenes el hogar familiar es un refugio permanente. Ello les impide seguir madurando y prepararse para una futura vida laboral. Los padres no deben ser cómplices de esa situación (por un amor mal entendido). Además, deben poner límites.

 

P: “Soy rebelde porque el mundo me hizo así”, cantaba Jeanette con aire adolescente. ¿Es inevitable la rebelión en esa etapa?

R: La rebeldía es un rasgo típico de la adolescencia. En la infancia hay desobediencia, pero no rebeldía. Esta última surge como autoafirmación de una personalidad todavía insegura. La rebeldía inicial suele ser una reacción frente a la supuesta opresión de los padres; con frecuencia se ejerce con malos modales, pero suele evolucionar a mejor, hasta llegar a ejercerse en función de valores. 

En principio no es malo que el adolescente sea rebelde; es preferible a que sea conformista. Los padres deben orientar la rebeldía (que se rebelen por lo que vale la pena), nunca erradicarla. 

 

P: Shakespeare describía a los personajes adolescentes abducidos por el instinto y  las emociones. Sin embargo, usted dice que lo nuclear de la adolescencia no son esas turbulencias…

R: La mayoría de los adolescentes sufren estrés y ansiedad como consecuencia de las fuertes transformaciones físicas y psíquicas que están experimentando, pero su conducta no es necesariamente turbulenta. La problemática de esa etapa no suele ser superior a la de otras transiciones del desarrollo evolutivo. Además, de forma casi paralela, surge en los adolescentes la capacidad para el pensamiento formal y el hábito de reflexión, que modulan el comportamiento primario.

 

P: La adolescencia es una etapa de ensimismamiento: el adolescente cree que todo gira alrededor suyo. ¿Más aún que en la infancia?

R: Sí, más que en la infancia. Tras el descubrimiento del yo, el adolescente vuelve la mirada hacia su naciente mundo interior para conocer  lo que sucede allí. Es un yo hacia adentro. El yo del niño, en cambio, surge simplemente por  contraposición a lo que hay fuera de él; es un yo hacia afuera. A diferencia del niño, que aún no tiene intimidad, el adolescente necesita espacios de silencio y de soledad para estar en sí mismo (ensimismamiento), síntoma de que está naciendo la intimidad.

 

P: La segunda socialización en el grupo de iguales es inevitable en la adolescencia, pero hay tribus urbanas que dan miedo…

R: El adolescente busca una nueva vida social como complemento o como alternativa de la familia. El sentimiento de adhesión al grupo favorece, en principio, la construcción de su identidad. Pero esta función no se cumple cuando el adolescente se funde con el grupo, renunciando a su forma de ser, sobre todo si el grupo deriva hacia una banda con comportamientos antisociales. Las bandas urbanas suelen surgir por la afinidad entre jóvenes inadaptados a la sociedad y con miedo al futuro. Asustando a los demás combaten su propio miedo.

 

P: ¿La obsesión por la autoestima puede derivar en crisis de autoestima en los adolescentes? 

R: El adolescente necesita un cierto grado de autoestima; ello favorece la motivación y el rendimiento académico. Pero es un error creer que la autoestima lo es todo en la vida y obsesionarse con ello, hasta el punto de que algunos la fomentan por la vía del engaño: ”eres el mejor”. De esta forma cuando el hijo descubre, a través de algún fracaso, que no es tan bueno como se la había dicho se hunde y entra en crisis de autoestima.

 

P: Ni padres permisivos, ni indiferentes, ni autoritarios. ¿Cuál es el estilo educativo que requiere la adolescencia?

R: El estilo asertivo o democrático. No está centrado en los padres, sino en los hijos; es afectivo, pero establece normas y límites; se basa en una autoridad  persuasiva y dialogante, que fomenta la autonomía responsable y una elevada motivación de logro.

 

P: Las idolatrías postmodernas que describe en su libro, como la sumisión de los adolescentes a los personajes mediáticos, ¿son consecuencia de una pérdida de valores en la sociedad?

R: El vacío de valores en una sociedad permisiva y hedonista tiende a llenarse con idolatrías como, por ejemplo, el dinero fácil, el consumismo y el bienestar material. Los nuevos héroes de los adolescentes suelen ser los protagonistas de las telenovelas y de otros espacios de la televisión-basura.

 

P: Dígame: ¿Por qué se aburren tanto los adolescentes actuales? ¿Qué les incapacita para el ocio?

R: Los adolescentes de ahora le dan un ritmo excesivamente rápido a su vida (deprisa, deprisa…). Viven de forma acelerada, están desasosegados. Y el desasosiego incapacita para el “ocio noble”, que está en las antípodas de la ociosidad. El aburrimiento es también permanencia en lo mismo, sin apertura a novedades valiosas. Ocho horas seguidas en el “botellón” garantiza el aburrimiento.

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