La crisis de la media vida

Fecha: jueves, abril 8, 2021 Comentarios: 0 Visto: 2362

En el medio del camino de nuestra vida acechan las crisis más hondas. Pueden producirse a causa de algún hecho externo: un cambio en el trabajo, una ruptura familiar, una enfermedad, un accidente, la pérdida del empleo, la muerte de un ser amado… Para muchas mujeres, madres de familia, este momento llega cuando sus hijos se hacen adultos y abandonan el hogar: llega el temible síndrome del nido vacío, que a veces puede convertirse en un auténtico duelo.

En esos momentos vemos cómo todo el mundo que habíamos construido a nuestro alrededor, ese reino, la tierra prometida de nuestros afanes y sueños, se tambalea y se derrumba. Las reacciones son inmediatas. Pueden ser de rebeldía, de ira o de dolor. Podemos aceptar, combatir, escapar o resignarnos. Podemos hundirnos o luchar para salir del abismo. Podemos rebelarnos ante el mazazo absurdo o buscarle un sentido que nos permita aprender y madurar. En cualquier caso, nuestra vida da un vuelco irreversible.

Cuando se ha tocado fondo, ya solo queda remontar. Decía el rabí Nachman de Breslau que la vida es como una montaña rusa: cuando llegas abajo, ten la certeza de que pronto comenzarás a subir. Pero esta subida no es un volver a aquellos tiempos pasados. No, es aún mejor. El futuro no se construye mirando atrás, por muy valiosa que sea la experiencia acumulada. El pasado puede ayudarnos si sabemos filtrar lo que nos alimenta de lo que nos envenena. Pero de la misma manera que se camina mirando hacia adelante, no podemos crecer si no nos volcamos hacia el porvenir.

Esta etapa de crisis profunda, en la madurez de la vida, es como el sueño de la crisálida. Tras el bache, necesitamos retirarnos a nuestra cueva. Quizás dejemos nuestra frenética vida social, cambiemos de residencia, de trabajo o de ritmo vital, o nos vayamos un tiempo a otro lugar más tranquilo. El retiro puede ser físico o espiritual. Podemos convertir nuestro hogar en una ermita si sabemos buscar el tiempo y el espacio adecuados. Tal vez una enfermedad nos obligará, literalmente, a pasar mucho tiempo en nuestro capullo, ya sea en casa o en la cama de un hospital. La crisálida, aparentemente, está muerta. No se mueve, no se comunica. Duerme. Pero dentro de su capa se está gestando una vida asombrosa.

Israel añoraba su templo, su colina de Sión, su ciudad, su época dorada. Al regreso del exilio, el pueblo se empeñaría en su reconstrucción. Pero el Israel retornado del exilio ya no era el mismo de antes ni lo sería jamás. Era un pueblo renovado, con una consciencia distinta y una identidad fuerte. Ya no era el pueblo que coqueteaba con los dioses cananeos y jugaba a emular el fasto de los imperios orientales. El Israel que se forjó en el exilio se convirtió en una auténtica comunidad, con una fortaleza y una vitalidad interna que jamás tuvo el Israel de las tribus o la monarquía de la casa de David.

También nosotros, en la crisis de la vida, estamos llamados a envolvernos en nuestra crisálida. Es una necesidad vital que no deberíamos soslayar ni demorar. Cobijados en el silencio, acunados por la fe y la certeza de ser amados, alentados por la libertad que nos da el perdón, podemos reencontrarnos con nuestras raíces y rescatar nuestra originalidad. Porque ser original no es otra cosa que volver a los orígenes, a los comienzos, a esa vocación que un día nos hizo salir de casa… Quizás para muchas personas este será el momento de salir definitivamente, por primera vez, si en su momento esquivaron el éxodo. Para las mujeres que han sido madres, tal vez es la oportunidad de realizar sueños que no pudieron llevar adelante cuando estaban comprometidas con la crianza de sus hijos. ¡O descubrir en sí mismas talentos insospechados!

En el exilio el pueblo de Israel no solo se refuerza, sino que se encuentra con otra misión, mucho más poderosa que la primera. Si antes el sueño era la tierra prometida, ahora este pueblo sin tierra está llamado a ser luz de las naciones:

Poco es que seas mi siervo para restaurar las tribus de Jacob y hacer volver a los supervivientes de Israel. Te voy a hacer luz de las gentes, para que mi salvación alcance hasta los confines de la tierra (Isaías 49, 6).

La nueva misión va más allá que la primera. Y, a veces, nos llevará en una dirección distinta. Quizás estudiaremos de nuevo, cambiaremos de trabajo, de profesión. Reorientaremos nuestra vida. ¿Hacia dónde? Si antes nuestra misión estaba centrada en nosotros mismos, en nuestra familia o nuestros círculos más próximos, ahora adquiere un carácter más amplio, de mayor generosidad y alcance. No tiene por qué ser algo heroico ni grandilocuente.

Basta con que esté orientada al servicio, al bien, a la alegría, a aportar algo benéfico a este mundo. Puede ser a través de un trabajo terapéutico, docente o artístico. O, simplemente, a través de un cambio en la forma de vivir y trabajar allí donde ya estamos. El cómo es mucho más importante que el qué…

Reinventarse y cambiar de rumbo

Hoy se habla mucho de reinventarse. Tras un golpe, una enfermedad o una pérdida, nos encontramos a menudo con que debemos empezar de cero, cambiar nuestro rumbo vital o… ¡reinventarnos!

El rabí Nachman de Breslau lo expresaba así: Todo cuanto sucede en esta vida es para brindarnos la libertad de elección. Y la libertad de elección es simple: lo quieres, lo eliges. No quieres, no lo eliges.

Por supuesto, muchos discutiréis: esto no es tan sencillo. ¡Estamos tan condicionados! Hay mil factores que nos influyen y limitan nuestra libertad, y para todos ellos encontramos justificación. Los expertos en psiconeurología lo saben bien. Nuestro cerebro crea una serie de conexiones neuronales que fabrican emociones, con la consiguiente emisión de ciertas hormonas o péptidos que se liberan a la sangre. Cuando estas emociones son recurrentes, literalmente nos volvemos adictos a ellas, aunque sean emociones negativas y autodestructivas. Sí, suena terrible, pero uno puede ser adicto al miedo, a la angustia, a la prisa o al maltrato emocional. El victimismo no es una broma, es una seria adicción al fracaso. Por supuesto, nuestra actitud desencadena una serie de reacciones a nuestro alrededor. Tampoco es magia ni maldición que realmente atraigamos el desastre, la antipatía de los demás o la mala suerte. Somos como una antena receptora de radio. Si estamos sintonizando con ciertas frecuencias, solo captaremos aquellas y no las otras. De la misma manera, si estamos programados para ver y experimentar desgracias, terminaremos acaparando todas las calamidades que pasen a nuestra vera.

La buena noticia, nos dicen estos mismos expertos, es que, de la misma manera que creamos unas redes neuronales negativas, podemos desprogramarlas y crear otras positivas. El cerebro posee la capacidad de generar nuevas neuronas y conexiones que cambien nuestra actitud, nuestros sentimientos y nuestra forma de actuar. Nuestra misma inteligencia, memoria y razón se pueden ver potenciadas por un cambio de actitud y unas nuevas conexiones neuronales. De manera que la pregunta que sigue es, ¿cómo lograrlo?

Es sencillo y no lo es. En clave religiosa existe una palabra que la Biblia utiliza ampliamente: la conversión. Convertirse es volverse, girarse, cambiar de rumbo. No se trata de una mera devoción adquirida o renovada. Volverse a Dios es optar por la vida, por nuestra vida, por nosotros, por lo que somos, por nuestra misión y nuestra plenitud. Volver a Dios es reconectarnos con nuestras raíces, regresar a los orígenes y a nuestra identidad profunda. Convertirse es recuperar el gozo de existir y el amor a la vida. La voluntad de Dios, recordemos el Génesis, no es otra que la plenitud de su criatura y su florecimiento: creced y multiplicaos… Creced, floreced, sed mi gloria.

¿Es difícil lograr una conversión? El camino de retorno puede ser largo pero el hecho de cambiar, el giro, el reenfoque de dirección, es cuestión de unos pocos instantes. En el momento en que vemos claro y la certeza se abre paso en nuestro interior, vemos la luz. Y el gesto es inmediato: si decidimos cambiar, el giro se da de una vez. Luego, por supuesto, habrá que emprender una prolongada marcha, no exenta de obstáculos y caídas. Pero el rumbo ya es nuevo. A medida que demos más pasos, avanzaremos y veremos cómo la vida se renueva.

Revivirán tus muertos, tus cadáveres resurgirán, despertarán y gritarán de júbilo los moradores del polvo; pues tu rocío es rocío luminoso, y el país de las sombras parirá (Isaías 26, 19).

Ahora bien, ¿cómo cambiar de rumbo? ¿Cómo perseverar en este nuevo camino de conversión, una vez iniciado? El riesgo de volver atrás es grande. ¡No faltan tentaciones ni tropiezos!

Dicen los neurólogos que crear una nueva conexión cerebral lleva tres semanas de tiempo. ¡Tres semanas! Por este motivo consultores y terapeutas recomiendan a sus pacientes que, a la hora de cambiar de hábitos, se propongan firmemente adoptarlos durante veintiún días, sin falta. Finalizado este tiempo, el nuevo hábito será ya una costumbre arraigada y no costará seguirlo, incluso se hará con placer y facilidad.

La sabiduría bíblica nos ilumina a la hora de ver cómo se opera este proceso de cambio interno. No se fundamenta tanto en la razón o en el análisis como en una experiencia interna que involucra el corazón y la vida. Más que racional, la sabiduría bíblica es sintiente y experiencial. Más que en la mente, se asienta en el corazón y en la acción. Y los expertos en psicología y neurología así lo advierten: las emociones son el detonante más potente del cambio, mucho más que las ideas o los pensamientos.

Esto no quiere decir que la propuesta bíblica sea irracional. Hay una convicción muy sólida que sostiene todo el discurso de la Biblia: la certeza de que Dios existe, de que Dios está cerca y cuida a su criatura humana con amor inagotable. Sobre esta roca es posible levantarlo todo, hasta la existencia más arruinada y abatida.

Hasta que se derrame sobre vosotros un espíritu venido de lo alto. La estepa se convertirá en vergel, y el vergel parecerá una selva. Habitará en la estepa la equidad, y la justicia morará en el vergel; el producto de la justicia será la paz, y el fruto de la equidad será seguridad y confianza eternas. Mi pueblo vivirá en albergue de paz, confiado en sus moradas, tranquilo en sus casas (Isaías 32, 15-18).

Mente y Razón. Corazón y emoción. Cuerpo y acción.

¿Por dónde comenzar el cambio? Hay mil técnicas, métodos y manuales con propuestas interesantes… Algunas hacen hincapié en la mente y en la programación neuronal; otras en las emociones, otras en el cuerpo. La Biblia nos propone una opción simple y realista, muy directa. No te pierdas en elucubraciones lógicas. No te abandones a merced de las emociones volubles. Actúa. Aunque no tengas ganas, aunque la mente te enrede con razones y sinrazones, aunque las emociones sufran altibajos y no te acompañen siempre… ¡actúa! Haz lo que quieras hacer, y verás milagros. Haz, y la mente se adaptará de inmediato para acompañar tu rumbo: ¡es el volante del coche en tus manos! Haz, y las emociones seguirán a la acción, ¡la energía se vuelca allí donde tú la diriges! Actúa. Sal de ti. Ten coraje y fíate, recuerda que si tú dices sí, Dios también dice sí. Y te acompaña.


Elige la vida
Extracto sacado del libro de Elige la vida. Una lectura existencial de la Biblia de Montse De Paz

Comentarios

Deja tu comentario