Cuando nada tiene sentido. Reflexiones sobre el suicidio desde la Logoterapia

Fecha: martes, noviembre 23, 2021 Comentarios: 0 Visto: 54

La sociedad española se quedó aturdida por la carta de despedida de un niño de 11 años, antes de suicidarse. Se publicó en los medios de comunicación en enero de 2016. He aquí su texto[1]:

"Papá, mamá, estos 11 años que llevo con vosotros han sido muy buenos y nunca los olvidaré como nunca os olvidaré a vosotros. Papá, tú me has enseñado a ser buena persona y a cumplir las promesas, además, has jugado muchísimo conmigo. Mamá, tú me has cuidado muchísimo y me has llevado a muchos sitios. Los dos sois increíbles pero juntos sois los mejores padres del mundo. Tata, tú has aguantado muchas cosas por mí y por papá, te estoy muy agradecido y te quiero mucho. Abuelo, tú siempre has sido muy generoso conmigo y te has preocupado por mí. Te quiero mucho. Lolo, tú me has ayudado mucho con mis deberes y me has tratado bien. Te deseo suerte para que puedas ver a Eli. Os digo esto porque yo no aguanto ir al colegio y no hay otra manera para no ir. Por favor espero que algún día podáis odiarme un poquito menos. Os pido que no os separéis papá y mamá, solo viéndoos juntos y felices yo seré feliz. Os echaré de menos y espero que un día podamos volver a vernos en el cielo. Bueno, me despido para siempre. Firmado Diego. Ah, una cosa, espero que encuentres trabajo muy pronto Tata. Diego González".

El punto de partida de estas páginas es una reflexión sobre la actitud de nuestra sociedad occidental sobre el enigma del suicidio: el silencio de nuestra sociedad ante el enigma del suicidio.

La gran lucha del ser humano es, no perder su individualidad a pesar de estar inserto en un colectivo. Debe estar atento a no dejarse ahogar por el grupo, pero tampoco puede vivir como si no estuviera nadie a su alrededor. El gran drama del ser humano es que debe ser “uno mismo” pero sin renunciar a los requerimientos y necesidades de los otros.

Sin embargo, lo individual y lo grupal no son realidades contradictorias sino que se implican mutuamente para constituir la propia existencia humana. Son como las dos caras de una misma realidad: el ser humano.

“Doctor: me siento vacío”. Es la expresión con la que muchos consultantes comienzan o terminan su relato de frustración, incomprensión o hastío de la vida, ante el psiquiatra o cualquier agente de ayuda. Así, inició la entrevista Luis, ingeniero de caminos, de 38 años de edad, casado y con dos hijos: Tengo muchas cosas (casa, coche, una buena posición económica y social) pero me siento sin ilusión, sin proyectos, sin ganas para seguir viviendo...Es como si estuviera haciendo las cosas que a los demás les hacen felices pero a mí me produce cierta sensación de aburrimiento. Me siento como participando en una carrera de alta competición sin que yo haya hecho la inscripción. Son los otros (mi familia, mis amigos, mis jefes, etc.) los que han decidido por mí. Me siento como sumergido en un profundo pozo, sin fondo. Bajo mis pies solamente existe la nada". 

Nuestra sociedad está plagada por muchos Luises, que con mayor o menor intensidad, viven la experiencia de su propia vaciedad y “sinsentido”. Pueden estar en paro o con un buen puesto de trabajo; enfermos o sanos; vivir en una familia saludable o enferma psíquicamente; tener una pareja estable o no, todo eso poco, o nada importa, frente a su sentimiento corrosivo de vacuidad.

La gran tragedia del hombre actual es que siente atrapado y ahogado (“vaciado”). Los medios de comunicación cada día nos proponen héroes, que son inalcanzables, pero al mismo tiempo tienen los pies de barro. No resisten el mínimo análisis serio. Hemos pasado de la tiranía de los valores introyectados (religión, tradición familiar, etc.) a la esclavitud de la moda. Vivimos al dictado de lo que nos dicen: qué coche tenemos que comprar, que tipo de champú debemos utilizar, o que carrera deben estudiar nuestros hijos para... triunfar.



[1] EL PAÍS: http://politica.elpais.com/politica/2016/01/20/actualidad/1453319134_091881.html

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