Corre por ahí una metáfora de interés

Fecha: miércoles, mayo 18, 2022 Comentarios: 0 Visto: 535

Se encontraban dos bebés en el vientre de su madre, y uno le preguntó al otro:

“Oye, ¿tú crees que después del parto habrá vida?” –y el otro dijo: “Seguro que sí, tiene que haber algo después del parto, quizás aquí nos estamos preparando para aquello que no conocemos y que vendrá más tarde”.

El primer bebé exclamó: “¡No digas tonterías!, después del parto no puede haber vida, porque ¿qué clase de vida habría?” –a lo que el segundo le contestó: “No lo sé, pero seguro que hay más luz que aquí. Y oye, quizá podamos correr con nuestras piernas y comer con nuestras bocas, y hasta captar lo que aquí ni se nos ocurre”.

El primero replicó: “Lo que dices es absurdo, ni podremos caminar con las piernas, ni comer con la boca, es el cordón umbilical el que nos nutre y no podemos alejarnos de él, siendo que es francamente corto. Por lo tanto, la vida después del parto es imposible”. Pero el segundo insistió: “Yo creo que a lo mejor hay algo después del parto y diferente a lo que hay aquí”, y fue entonces cuando el primero le preguntó: “Si es verdad lo que dices, ¿por qué nadie jamás, regresó de allá? Acéptalo, el parto es el fin de la vida, y en el posparto no hay nada más que oscuridad, silencio y olvido”.

El segundo siguió argumentando: “pues yo creo que nos encontraremos con Mamá y ella nos cuidará”. El primero le dijo “eres ridículo, Mamá no existe, y si existe ¿dónde está ahora?”. El segundo bebé intentó explicarle: “está alrededor nuestro, es que la verdad de ella nosotros somos, es en ella en la que vivimos, sin ella este mundo no sería, y no podría existir”.

El primer bebé le contestó: “yo no puedo verla, luego la lógica es que no existe”. El segundo, le respondió: “a veces, cuando estamos en silencio y nos concentramos podemos escucharla, percibir su presencia, escuchar su amorosa voz allá arriba”.

Se dice fue el escritor húngaro quien así explicó la existencia de Dios.

REFLEXIÓN PREVIA

Los seres humanos nos sabemos biológicos, psicológicos y aún sociales.

Ahora, apreciamos que también somos culturales.

Vengo a confirmar y dejar por escrito que somos esencialmente espirituales.

Y es desde nuestra imaginación, creatividad, lenguaje y capacidad de evolución, interrelación entre lo cognitivo y lo emocional, que nos distinguimos y mucho del resto de especies animales y de los robots, máquinas, tecnologías y algoritmos.

Nuestra inteligencia no es artificial, nuestros sentimientos no son previsibles ni para nosotros mismos, el futuro escapa a lo que hoy somos.

Percibimos, intuimos, que somos parte de un todo, que el Universo no se configura en el concepto espacio temporal.

Y es ahí, desde nuestra vulnerabilidad, desconocimiento, capacidad para interrogarnos, que pareciera captarse la existencia de un Sumo Creador, un Ser que debiera ser bondadoso, conocedor de lo que entraña la eternidad.

Conscientes de que no sabemos nada existencial, nos abrumamos ante el abismo del vacío total, del agujero negro global, al menos para nosotros, seres soberbios, subjetivos, de egos hiperactivados. Y es ahí donde se inicia este libro, sabedores de que podemos llenar de sentido la vida en nuestro propio devenir esperanzado, afanoso, agradecido, sufriente.

Pero que está en nosotros, dentro de, un latir que cual eco de una nostalgia cósmica, nos impele a desbordar nuestros límites, a abrir los brazos a algo que, por indefinible, no nos es desconocido.

La hipótesis central que en estas páginas se sostiene es que somos radicalmente espirituales, siendo que desde ahí nacieron los símbolos, las religiones.

Pensamiento y lenguaje van de la mano, ya sea escrito, oral, gestual. Yo escribo estas líneas, usted las lee, las escucha mentalmente, y coincidimos, debatimos y nos abrazamos en un piel con piel aún si no nos conocemos, como lo hacemos con quienes nos antecedieron y continuarán.

Tenemos un cerebro que nos parece prodigioso, poseemos mente y nos sabemos alma. Seres individuales que quizás, como cada una de nuestras células, conformamos lo indefinible por inimaginable, pero que podemos desde nuestra ilimitada ignorancia reseñar como unicidad.




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