Amor libre. Cómo ser libre y seguir amando si eres mujer hoy

Fecha: viernes, febrero 12, 2021 Comentarios: 0 Visto: 1899

¿Qué significa para las mujeres la libertad? ¿Somos libres o es una conquista pendiente? ¿En la misma medida que los hombres? ¿Qué nos ata y que nos libera? ¿Dónde están nuestras cadenas invisibles? ¿Necesitamos que los hombres nos protejan, nos den seguridad a cambio de darles cuidados? ¿Podemos alzar hoy, sin temor, nuestra voz de mujeres libres? ¿Es que amor y libertad no son conjugables como una única expresión, especialmente para las mujeres, aunque tantos siglos de historia señalen errores de concepción?

Estas son algunas preguntas que me surgen cuando me planteo la cuestión de la libertad, la libertad de las mujeres, la libertad en la relación con los hombres, y en concreto, en las relaciones más íntimas.

Salta a la vista que las mujeres somos seres completos, que las mujeres no necesitamos nada que no esté en nosotras mismas, que el proyecto de vida de cada una no puede supeditarse a nadie, y que disponer de músculos menos potentes que los varones no nos hace más vulnerables, necesitadas de protección (al menos no más que cualquier ser humano) si sabemos usar la inteligencia y entrenar capacidades que a veces hemos dejado que se oxiden

En las ideas más primarias del amor pareciera que el que ama ha de sacrificar su libertad, y que a más sometimiento, más amor, o sea que amor y libertad son polos en contraposición. De ahí que permanezca la tradición de hacer despedidas de solteros y solteras, como símbolo de despedida de los “bueyes sueltos” que se someten al yugo de acatar normas, de estar unidos a otras, que además recibe el público reconocimiento que hace que sea más difícil de trasgredir. Hasta el momento de firmar se ve que la cosa era de prueba.

Pero el amor o es libre, intencionadamente libre en todo momento o no es amor. La unión de dos no es la esclavitud. No es posible el sometimiento, ni la convención como atadura, ni las trampas emocionales de las que el amor libre escapará una y otra vez. Las páginas que siguen plantean un recorrido por esta dimensión imprescindible del amor, desde el punto de partida diferente para hombres y mujeres, afrontando la necesaria liberación de los mitos del amor romántico, desvelando los micromachismos que aprisionan, intentando distinguir seguridad psicológica de dependencia. Hablaremos, en definitiva de las sutilezas en las relaciones, que atrapan y no dejan volar, siempre desde la perspectiva y la experiencia de las mujeres.

En este marco, el amor libre no significa que apostemos específicamente por un amor a-convencional o un amor sin compromiso. La libertad es condición para el amor, en cualquiera de sus posibilidades, por eso amar siempre exigirá plantearse la libertad. Por eso proclamamos el amor libre, el amor con este rasgo inseparable.

Hombres y mujeres, diferentes puntos de partida para amar

Desde la teoría feminista neofreudiana, Nancy Chodorow afirma que el aprendizaje para sentirse varón o mujer parte de la más tierna infancia y del apego que el niño siente por sus padres. Los niños y niñas tienen tendencia a sentirse vinculados emocionalmente con la madre, que es la que suele ejercer la influencia dominante en los primeros momentos de la vida. Chodorow explica que este apego se rompe de manera diferente para los niños y las niñas. La niña se separa de la madre diciendo algo así como “yo no soy mi madre, pero soy como ella”, mientras que el niño debe aceptar que “yo no soy mi madre, pero tampoco soy como ella”.

La identidad masculina se generaría por la separación, facilitada cuando ellos identifican que son diferentes a la madre. En cambio en las niñas, el vínculo se rompe más tarde, pues son iguales a la madre. De esta manera, niños y niñas desarrollan unas características peculiares en su psicología y modos de relacionarse: Mayor tendencia a la independencia en ellos, más posibilidad de generar lazos en ellas. Ellos son más individualistas. Ellas más facilitadoras, más cooperadoras, más corresponsables.

Cabe esperar en este caso que los niños se sienten cómodos consigo mismos, aprenden a sentirse orgullosos, experimentan la necesidad de triunfar. ¿Cuáles son sus tentaciones, cuando caen en los brazos del amor? Tal vez el miedo a depender. Necesitan su espacio, su separación. Parece que tengan que cortar pronto los hilos cuando las cosas van bien, por si acaso se quedan demasiado “pillados”. Es posible que sientan que peligra su identidad si establecen relaciones demasiado estrechas. Necesitan reconocerse en su mismidad, se pueden sentir amenazados por los lazos amorosos.

Las mujeres aprendimos a sentirnos pronto inseguras. Esa construcción personal tan entrelazada con la de la madre nos ha hecho sentir el miedo a la soledad con más fuerza que lo experimentan ellos. Tal vez este miedo, unido al rol de cuidado y servicio que tenemos adjudicado, se ha convertido en el impulso que ha hecho que construyamos relaciones no tan gratificantes. ¿Cuál es nuestra amenaza? No decir lo que queremos, supeditarnos al otro, temer la ruptura. Nuestras necesidades han quedado escondidas, sumergidas bajo las exigencias de los varones y del rol social. Reconocer nuestra mismidad es una tarea a conquistar, lo necesitamos igual que ellos, pero nuestro punto de partida es diferente.

 La mujer no necesita una relación con el hombre que la complete o la complemente

Una posible lectura de estas impresiones es que los hombres son más libres y las mujeres más amantes. Pero, ¿no será un estereotipo más? ¿Algo que decimos cuando nos frustramos en la relación? Es cierto que nuestra psicología se ha modelado de manera diferente pero puede ser que la transmisión cultural de esta forma sofisticada de desigualdad funcione en el trasfondo y nos traicione, ahondando más la brecha, la posibilidad de resolver los conflictos. ¿Podemos decir que es cierto que ellos son menos dependientes que nosotras? Y nosotras, ¿amamos más que ellos? No puedo dar una respuesta afirmativa, pero si decir que las razones que nos damos para afrontar los conflictos tienen que ver con estos imaginarios.

Teresa Forcades, defiende que la mujer no necesita una relación con el hombre que la complete o la complemente, y entiendo que viceversa funciona igual, pero parece que no haga falta decirlo. Para lograr nuestra realización personal tendremos pues que salir de las ideas ilusorias de género y trascenderlas. Para Forcades, llegar a ser persona es: “… avanzar más allá de los procesos infantiles de individuación que tienden a reducir nuestro ser personal a los estereotipos de género de la ‘feminidad’ (una supuesta capacidad para ‘amar’ que excede nuestra capacidad de ser ‘libres’) o de la ‘masculinidad’ (una supuesta capacidad de ‘ser libres’ que excede nuestra capacidad para ‘amar’)”.

Llamadas a ser libres y a amar, la realidad de hoy, en las mujeres de aquí, es que tenemos la misma necesidad de autonomía que los hombres, nuestros iguales. ¿Pero la ejercemos? No existimos sin relación, y las relaciones son tramas de interdependencia. Nuestra identidad ha estado entretejida con el resto de los seres humanos, con la bondad que esto supone y con el riesgo que significa: Podemos disolvernos, no llegar a saber quiénes somos.

En nosotras, esta tendencia a la creación de redes, ha sido más real, más indispensable, más configuradora de la forma de vivir. Ambos, varones y mujeres tenemos las mismas necesidades, pero lo hemos resuelto, psicológica y culturalmente, de modo diferente, y mayoritariamente sacrificando la autonomía de las mujeres.

Muchas me dirán que se sienten contentas con esto, que esa es la vida mejor, la que se comparte, la que se vive en comunión, la que supone ceder terreno a mi autonomía para que otros se sientan cuidados y sostenidos. La cuestión es si se nos ha dado otra opción, si se nos ha preguntado por lo que necesitamos, si ha habido consenso en los planteamientos. Esa pregunta es la que me parece que puede hacer el feminismo hoy. Ayudar a ver, proponer elecciones libres (lo que supone ser consciente de que la libertad está condicionada), salir de los estereotipos de género y empezar a hablar de ti y de mí como personas libres que se aman.

Por si teníamos poco, un factor que ha configurado nuestras vidas, al menos las de las mujeres hoy maduras, ha sido la religión. Si no hemos tenido oportunidad de discernir el mensaje liberador del Evangelio, a lo mejor nos hemos quedado con la idea de sacrificio ciego y siempre, de sometimiento, que en nada tiene que ver con Jesús, el de Nazaret. Los lenguajes sobre Dios que han permeado nuestra conciencia, han sido de índole patriarcal. Al menos los primeros años de nuestra vida, esos tan importantes, no nos hemos empapado de la amorosa presencia de ese Misterio. Hemos sido nosotras las que hemos estado en las iglesias, escuchando las predicaciones, y asumiendo un mensaje que en nada favorecía nuestra autoestima, ya un poquito mermada por la educación al uso.

Construir la propia libertad, como esa posibilidad de ser más allá de los condicionantes externos (que son más claros de ver) y los internos, es francamente difícil. No podemos cambiar aspectos como la familia en la que nacemos, la cultura en la que estamos inmersos, las experiencias pasadas, los miedos e inclinaciones, cuyo origen está en la infancia remota y en las heridas que allí se produjeron. La ausencia de determinantes de la libertad es imposible, pero al menos, podemos intentar con cada decisión, librar esta batalla, romper alguna cadena, conquistar un nuevo territorio, arrancárselo al fatalismo, al determinismo y a la desesperanza.

Liberarse del mito del amor romántico

Viendo con mi sobrina una película de vampiros, de esa saga de Crepúsculo que ha estado tan de moda y que tan enamorada ha tenido a la gente joven, especialmente a las chicas, he sentido cierto escalofrío. La “peli” está muy entretenida, pero si me detengo un momento a pensar, hay algo repelente, presente en esta como en tantas películas clásicas. Pienso en la propuesta de relación mujer-hombre, carente de libertad por un hipotético amor que anula la personalidad. Me cuesta pensar que las chicas del siglo XXI se traguen esta historia, romántica y denigrante, pero doy fe que se la tragan y con gusto.

En la película, él, Edward Cullen, es frío (como buen vampiro), fuerte y rápido (eso les caracteriza también), desea “chupar la sangre”, y de manera ambivalente proteger a la mujer “humana” y desvalida de la que se enamora; y ella, Bella Swan, cueste lo que cueste, lo único que quiere es estar a su lado, advertida de que él puede hacerle mucho daño, pero tan subyugada y atraída por él que su proyecto de vida es tan solo él.

Las mujeres queremos decir adiós al mito del amor romántico. Es el primer paso para amar y ser libres. No somos princesas desvalidas y ellos no son príncipes salvadores. No estamos esperando esto de nadie. No necesitamos a toda costa hacer pareja. No somos medias naranjas. El amor íntimo, aún siendo espacio de plenitud no es la única aspiración de la vida y en cualquier caso no nos convierte en la mitad de nadie. No vamos a la caza del hombre. No tenemos que conquistarlos para ser felices ni dejarnos conquistar como si fuéramos trofeos. No tenemos que aparentar, ni ser perfectas, ni mantener la boca cerrada para vivir una historia de amor. Hemos dejado de ser adictas al romanticismo que nos enseñaron los cuentos, el cine, las novelas, las canciones. Ya no suspiramos por ellos. Se acabó ese capítulo en nuestras historias, no sin atravesarlo dolorosamente de una u otra manera, y cometer errores de desconocimiento y de falta de crítica.

Estar atrapadas en los brazos enredosos de amores no correspondidos o inauténticos.

Madame Bovary, escrita en 1857 por Gustave Flaubert, es una crítica a la sociedad burguesa del siglo XIX y fue muy polémica en su tiempo. Llevada al cine en diversas ocasiones, entre otras por Sophie Barthes en 2014, cuenta la historia de una mujer infeliz en la que los sueños que se le han transmitido en torno al matrimonio y a la vida de casada, chocan con la realidad brutalmente. Pero ella no se resigna. En realidad, ninguno de los hombres con los que trata de calmar su inquietud, ama realmente a Emma Bovary. Cada uno se aprovecha de ella a su manera: La utilizan como florero o sexualmente o como posibilidad de enriquecimiento. Tampoco ella encuentra la manera de canalizar su rebeldía a la búsqueda de la felicidad. Persigue en el fondo un amor romántico y un ideal de buena vida burgués que no consigue y que la desespera hasta la tragedia.

Hoy no nos basta con la rebeldía hacia lo convencional para, de todas formas, estar atrapadas en los brazos enredosos de amores no correspondidos o inauténticos. Hemos de atravesar todas estas fronteras.

Sí, hemos de someter a crítica lo que nos rodea: Costumbres, patrones de conducta, ideas sobre lo que está bien y mal. También si nos hemos acomodado a lo “no convencional”, que puede ser una máscara más. Parece una tarea inacabada en la que cuesta trabajo abrirse paso libremente. Si me miro a mí misma, ¡cuántas veces he soñado con que soy cuidada, protegida, cobijada por un ser imaginario! ¡Cuántas veces he pensado en que alguien me consolara, me diera seguridad, me ayudara a decidir, o mejor que me dijera lo correcto! Pero lo cierto es que solo abriéndome paso en medio de la incertidumbre y tomando mis propias decisiones he sido verdaderamente yo. Solo dibujándome en medio de la soledad he podido percibir el crecimiento de mi ser acompañado por las personas que me han querido, que han sido hombres y mujeres, no el producto de un estatus (casada) ni de una persona única en la que haya depositado el peso de mi vida.

Esto no quiere decir que cuando vivimos el amor no le demos un cierto romanticismo. Es decir, hacer cosas bonitas, un viaje lejos del mundanal ruido, preparar un encuentro, cenar a la luz de las velas, o sorprender al otro con una carta de amor, una rosa o un regalo inesperado, son pequeños alicientes para mantener la llama y salir de la rutina. A esto, claro está, no es a lo que nos referimos. El amor romántico no es cuidar los detalles y las caricias de todo tipo en la relación.


La autocompasión en psicoterapia
Extracto sacado del libro de Mujeres que aman. Susurros feministas sobre el amor y el desamor de Rosa María Belda Moreno

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